Me dijo que quería enviarle a Cerezo una caja de ron.
Fernando Andrade díaz Duran
Nos encontrábamos en la Habana el embajador Francisco Villagrán De León y el autor de esta columna participando en un seminario de cooperación sur-sur del Grupo 77 de la Organización de las Naciones Unidas, el cual yo presidía, cuando Ramiro Abreu, el encargado del Buró de Centro América del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, se me acercó en la recepción de clausura del evento citado y me dijo que el comandante en Jefe, Fidel Castro, tendría el gusto de recibirnos en su despacho del Palacio de Gobierno. Teníamos pasajes en Cubana de Aviación para viajar en la tarde del día siguiente de la Habana a México DF, lo que le hicimos saber a Ramiro quien dijo que ellos se encargarían de chequear nuestro equipaje con anticipación.
Llegamos puntualmente a las cuatro de la tarde y nos condujeron a una antesala del despacho privado del Presidente. Hablamos sobre diversos tópicos con Ramiro Abreu hasta que un asistente nos comunicó que podíamos pasar al despacho, que por cierto estaba decorado muy sobriamente. Entramos los tres: Ramiro, Paco y mi persona y luego de la presentación y saludo protocolar, nos sentamos a conversar con el Presidente cubano. Fidel ha sido siempre una figura política carismática, de gran estatura y de una facilidad de palabra excepcional. Vestido con su uniforme militar y cómodamente sentado en su confortable silla, inició la conversación que habría de prolongarse por varias horas. Nos preguntó mucho sobre Guatemala y escuchó con atención lo que le decíamos sobre la apertura democrática en nuestro país, su economía y sus problemas sociales. Pronto hizo gala de su erudición y conocimiento sobre Guatemala. A ratos más que un diálogo, se trataba de un monólogo en el que él expresaba sus ideas y daba consejos con una actitud un poco tutelar. A veces me permitía contradecirle en algunas de sus apreciaciones al Jefe de Gobierno de Cuba que respetuoso escuchaba y rebatía. Se extendió muchísimo sobre los logros y los avances que se habían tenido en Cuba en los campos de la educación, la salud y el deporte. Y habló de las luchas de Cuba por mantener su soberanía, afirmando con vehemencia, que el sistema socialista, a la cubana, funcionaba perfectamente. Pero también nosotros adelantábamos opiniones y comentábamos sobre otras experiencias latinoamericanas que, en nuestro criterio, aseguraban no solo el ejercicio de la libertad y la democracia sino que abrían la posibilidad del desarrollo económico, político y social.
El tiempo avanzaba rápidamente y con el disimulo del caso, consultaba mi reloj, preocupado como estaba, de que debíamos de estar en el Aeropuerto José Martí a más tardar a las 5:00 de la tarde porque el vuelo de Cubana de Aviación estaba programado para las 7:00 de la noche. En cierto momento, no pude menos que decirle que debíamos retirarnos so pena de perder el vuelo; pero él siguió conversando como que no hubiera escuchado mi observación. De pronto, tal vez adivinando en nuestros rostros cierta preocupación, dio instrucciones para que no hubiera problema y que nos mandaría a dejar directamente al aeropuerto. Ya más tranquilos, seguimos platicando y de repente, me percaté que eran ya las 7:00 de la noche, la hora de salida del vuelo a México. A esas alturas, ya me había hecho a la idea de que perderíamos el vuelo. Al filo de las 9:00 de la noche, después de casi cinco horas con el Presidente, este se puso de pie para despedirnos; lo que aprovechamos para agradecerle el habernos recibido y manifestamos lo agradable que fue esa conversación que había abarcado muchos tópicos incluyendo la posibilidad de reestablecer las relaciones diplomáticas entre Cuba y Guatemala. En la puerta de su despacho quisimos tenderle la mano de despedida, pero él nos acompañó en un corredor hasta que se detuvo ante un ascensor y para nuestra gran sorpresa, él entró al mismo y uno de sus ayudantes oprimió el botón que nos llevaría hacia los sótanos del Palacio donde se encontraban guardias de seguridad y varios automóviles negros con las luces encendidas para salir al aeropuerto. En ese momento, no sabía qué pensar. Fidel se dirigió a una limosina Mercedes Benz, evidentemente blindada, abrió la puerta trasera, nos invitó a entrar y él mismo se acomodó a nuestro lado.
En una caravana que encabezaban motoristas y varios vehículos de seguridad, nos dirigimos al aeropuerto. Fuimos directamente al salón de protocolo y allí continuó la charla. Pidió unos “mojitos” y la plática continuaba y se prolongaba. Me dijo que quería enviarle al presidente Cerezo una caja de ron especial. Le agradecí mucho el gesto, pero le dije, “me va a perdonar, pero por razones prácticas no puedo llevar la caja, pero voy a tomar dos botellas: una para Vinicio Cerezo y la otra para mí” y se rió mucho de mi ocurrencia.
Finalmente, nos despedimos con gran cordialidad y en un pequeño vehículo nos llevaron al avión que ya había sido atrasado por varias horas y subimos antes que los otros pasajeros para que no vieran quiénes habían sido los responsables del atraso. Esta es una anécdota inolvidable.
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