Indignados los vecinos decidieron jugar con fuego.
Edgar Gutiérrez
Cada quién, en su cuadra, intentó promover una vida sana entre los jóvenes de la colonia. Organizaron equipos de fútbol y torneos de fines de semana. Hicieron colectas entre amigos para adquirir los uniformes y demás implementos. Disciplinaron a los muchachos a levantarse de madrugada a fin de lograr una buena condición física. Los cambios en el estilo de vida comenzaron a irradiar positivamente hacia los estudios, el trabajo y las relaciones intrafamiliares.
Todo parecía ir miel sobre hojuelas. Como el campo de fútbol consistía en un tierrero infernal durante la época seca, o bien un lodazal apabullante con las lluvias de esta temporada, el grupo de promotores planificó su constitución en un terreno decente para la práctica del balompié y otros deportes.
Idearon graderíos techados para la audiencia, un pasto especial de generosa resistencia y vestidores para los deportistas. Hicieron números y como las “coperachas” no alcanzaban, pensaron pedir apoyo al alcalde de Mixco.
En esas estaban cuando un miembro del equipo de fútbol comenzó a ser blanco de hostigamiento por parte de una de las maras –la de la Isla, me dicen–. Se intentó un arreglo de no agresión con la clica, pero el ambiente era cada día más ríspido. Las maras comenzaron a imponer el pago de “impuestos” sobre las pequeñas tiendas y negocios. E inevitablemente estalló la bomba. Un propietario que se negó a pagar fue asesinado a mansalva, en lo que pareció ser el rito de iniciación de algún marero.
Eso incendió la comunidad. Indignados los vecinos decidieron jugar con fuego. Acudieron a algunos narcotraficantes de la colonia en busca de protección. Estos aceptaron de buena gana el rol de guardianes y antes de dos fines de semana dieron cuenta de varios líderes pandilleros. Las maras se replegaron, mientras se agenciaban de armamento para plantar la guerra abierta contra los narcos.
Lo que iba a convertirse en el centro deportivo de la colonia, pasó a ser en realidad el campo de batalla donde maras y narcos planean sus refriegas. El plan deportivo quedó ahogado. Ciertos carros –que todo el mundo sabe a quiénes pertenecen– rondan amenazadoramente el campo. De sus ventanas polarizadas y a media asta asoman las trompas de escopetas y fusiles. Mis amigos, quijotes de la juventud rebelde pero sana, se dan por derrotados en ese espacio. Quieren emigrar para mantener su propósito. Quieren hablar con los religiosos que llevan los campos del Cejusa, en la zona 11. Pero lo ven difícil. ¿Y las autoridades?, les pregunto. “Nada”, responden secamente. “Para empezar, el alcalde: corta adrede el servicio de agua a las casas y saca sus pipas para vender el agua a precio de petróleo. Ya lo tenemos cachado”, aseguran. “Insoportable vivir así”, dicen resignadamente.
0 comentarios: