Vivimos en un país desbordado. Son tantos y tan frecuentes los descalabros, que se convierten en un flujo permanente de dolor, desesperación y sensación de burla. Es como el pus de un cuerpo descompuesto desparramándose lentamente por los poros de la vida.
Digo esto, porque hace una semana murieron trágicamente 23 personas en un accidente vial cerca de Escuintla. ¿Qué son 23 cadáveres más en un país donde la muerte bestial se ha vuelto nuestro paisaje interior?
La noticia apenas conmovió a la opinión pública. Para la mayoría de los habitantes –a excepción de las familias de las víctimas–, esas 23 vidas exterminadas representan tan sólo una cifra sin rostro entre otras tantas cifras absurdas.
¿Se desplazó el Presidente de la República para expresar sus condolencias a los deudos? ¿Los ministros encargados de la seguridad en las rutas han hecho alguna declaración al respecto? ¿Qué medidas drásticas van a adoptarse para que este tipo de calamidades no se repitan más?
Si viviéramos en un país medianamente honorable, las autoridades estatales y los empresarios involucrados tendrían que dar cuenta ante la sociedad de sus negligencias. Aquí, sin embargo, nada de ello sucederá, pues para los anteojos atrofiados de la justicia, sólo es responsable el pobre idiota que, sin licencia, conducía el autobús.
¿Verdad que estas cosas producen frustración y cólera, que uno se siente impotente y estafado? Lamento decepcionar a los piadosos creyentes, pero en este caso la voluntad de Dios no tiene absolutamente nada que ver con lo sucedido. Los verdaderos autores de la tragedia son todos aquellos que, desprovistos de conciencia social y de cojones, no realizan correctamente su trabajo.
Agregar comentario:
0 comentarios: