En los albores del nuevo milenio, el esquema de pensamiento dominante en Guatemala apunta a la modernización de las estructuras económicas para adaptar a nuestro país a los requerimientos de la globalización; pero por otra parte, un pertinaz conservadurismo continúa aferrando nuestros criterios a los prejuicios que se estilaban en el siglo XIX, de neta raigambre colonial.
No aceptaremos que nuestras hijas, gente bien, participen en justas deportivas con un equipo integrado por sexoservidoras y lo que sería un hecho aislado e insignificante, cobra características satánicas de factura medieval. Queremos el cambio sin los ingredientes que nos traerá una sociedad abierta a la multiculturalidad, en la que las marginalidades cobran carta de naturaleza y reclaman un espacio sin los estigmas de una discriminación a ultranza.
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