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Guatemala, sábado 19 de agosto de 2006

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Opinión:

Réquiem por Líbano

Francamente, no es fácil augurarle un final feliz a este pueblo.

Carlos Alberto Montaner*

Fuente menor Fuente normal Fuente grande
Fue en 1957. Gobernaba Batista y la oposición recurría al terrorismo. En el club Comodoro de La Habana, lugar al que acudían familias a nadar, bailar o jugar squach, algún desalmado colocó una bomba que hirió a personas inocentes. Una bella muchacha lloraba junto a dos niños pequeños que resultaron ser sus hermanos. Yo era un hombrecito de 14 años, así que fui a protegerla y sacarlos a todos de aquel infierno de gritos. Se llamaba Linda. Desde entonces, casi medio siglo, estamos juntos. Creo que es la única vez que un acto terrorista ha servido para algo hermoso.

La madre de Linda era libanesa y en su hogar descubrí los rasgos más notables de esa tribu laboriosa e inteligente. Las mujeres solían ser muy bellas, y todos parecían genéticamente predispuestos para el comercio y la industria. Profundamente católicos, aunque de una rama lateral de la Iglesia, los maronitas, cuyos sacerdotes, en ciertas circunstancias, tenían autorización papal para casarse. Con los años, los viajes y los estudios aprendí que aquella familia a la que me había vinculado no era una excepción, sino la regla. En toda América Latina había núcleos de libaneses cristianos destacados en todos los terrenos.

En general, los libaneses cristianos emigraron a América a principios del siglo XX. Solían utilizar pasaporte turco y su lengua primaria era el árabe, pero no eran turcos ni árabes, sino descendientes de los fenicios. Junto a griegos, judíos y romanos, se percibían parte esencial del núcleo fundacional de Occidente, filiación que resaltaban relatando las hazañas de los antepasados cristianos, auxiliares de las cruzadas, quienes resistieron a las tropas islámicas y la centenaria ocupación otomana, escondidos en montañas nevadas y en bosques de cedros donde aprendieron a amar la libertad.

Esa vocación occidental y moderna se vio con la creación de Líbano, inventado en 1920 por los cristianos maronitas con la colaboración de los franceses, poder imperial al que, junto a Inglaterra, le tocó redistribuir los territorios arrancados a Turquía. Los libaneses crearon una república moderna que, sin declararlo a las claras, se definía como una entidad voluntariamente diferenciada del mundo islámico. Por eso la primera bandera libanesa (modificada años después) tuvo los colores de la francesa, más un árbol de cedro en el centro. Formaban una etnia abierta al progreso y al futuro. Después de la Segunda Guerra, Líbano se convirtió en la nación más rica de la zona, su sector bancario rivalizaba con Suiza, mientras a Beirut, comenzaron a llamarla el “París del Medio Oriente”.

Obviamente, el sueño de los cristianos maronitas se desvanece en la medida en que el país se islamiza por el peso de la población mahometana, que sobrepasa a la cristiana, más la influencia de los sirios, y la presencia nefasta de Hezbollá, la organización terrorista chiita financiada y adiestrada por Irán, no solo para combatir a Israel, sino también para minar y destruir a los infieles cristianos. Francamente, no es fácil augurarle un final feliz a este pueblo. Lo difícil no será recoger los escombros y reconstruir el país después de esta nueva guerra entre Hezbollá e Israel. Lo difícil será impedir que el fundamentalismo religioso iraní, unido al odio antioccidental de la satrapía siria, aplaste para siempre la que fue una de las expresiones más notables del espíritu humano. Hezbollá y sus cómplices no van a destruir a Israel, pero quizás acaben con Líbano, tal y como lo soñaron sus fundadores cristianos.
*www.firmaspress.com
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