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Guatemala, domingo 20 de agosto de 2006

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Opinión: Yo disiento

La muerte de la ronda de desarrollo

Las esperanzas de una ronda de desarrollo en el comercio mundial –que abriera oportunidades para que los países en desarrollo crecieran y redujeran la pobreza– hoy parecen haberse desvanecido.

Joseph E. Stiglitz

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Las esperanzas de una ronda de desarrollo en el comercio mundial –que abriera oportunidades para que los países en desarrollo crecieran y redujeran la pobreza– hoy parecen haberse desvanecido. Si bien se pueden derramar lágrimas de cocodrilo, es necesario calibrar la magnitud de la desilusión: durante mucho tiempo, Pascal Lamy, titular de la Organización Mundial de Comercio, se había esforzado por achicar las expectativas, a tal punto que resultaba claro que cualquiera fuera el resultado, en el mejor de los casos, implicaría beneficios limitados para los países pobres.

El fracaso prácticamente no causó sorpresa: hacía mucho tiempo que Estados Unidos y la Unión Europea habían dejado de cumplir las promesas que hicieron en 2001 en Doha para rectificar los desequilibrios de la última ronda de negociaciones comerciales –una ronda tan injusta que los países más pobres del mundo, en realidad, terminaron mucho peor que antes–. Una vez más triunfó la falta de compromiso de Estados Unidos con el multilateralismo, su obstinación y su voluntad de colocar la conveniencia política por sobre los principios –e incluso sus propios intereses nacionales–. Ante la inminencia de las elecciones en noviembre, el presidente George W. Bush no podía “sacrificar” a los 25 mil cultivadores de algodón adinerados o a los 10 mil cultivadores de arroz prósperos y sus aportes para la campaña. Pocas veces tantos tuvieron que renunciar a tanto para proteger los intereses de tan pocos.

Las conversaciones se empantanaron en la agricultura, donde los subsidios y las restricciones comerciales siguen siendo tanto más elevados que en la industria. Dado que el 70 por ciento aproximadamente de la gente en los países en desarrollo depende directa o indirectamente de la agricultura, son los perdedores bajo el régimen actual. Pero el foco en la agricultura desvió la atención de una agenda mucho más amplia que podría haberse tratado de manera tal que se hubieran beneficiado tanto el norte como el sur.

Por ejemplo, los llamados “aranceles escalonados”, que gravan los bienes procesados con una tasa mucho más elevada que los productos no procesados, implican que los aranceles industriales desalientan a los países en desarrollo de emprender las actividades de mayor valor agregado que crean empleos y estimulan los ingresos.

Quizás el ejemplo más atroz sea el arancel de Estados Unidos sobre las importaciones de etanol de US$0.54 por galón, cuando no hay arancel sobre el petróleo, y solo un impuesto de US$0.5 por galón sobre el combustible. Esto contrasta con el subsidio de US$0.51 por galón que las empresas norteamericanas (un alto porcentaje del cual va a una sola firma) reciben sobre el etanol. Por lo tanto, los productores extranjeros no pueden competir a menos que sus costos sean US$1.05 por galón más bajos que los de los productores norteamericanos.

Los gigantescos subsidios hicieron que Estados Unidos se convirtiera en el productor de etanol más importante del mundo. Aún así, a pesar de esta enorme ventaja, algunas compañías extranjeras todavía no pueden triunfar en el mercado norteamericano.

Producir el etanol brasileño basado en la caña de azúcar cuesta mucho menos que producir el etanol norteamericano basado en el maíz. Las compañías de Brasil son mucho más eficientes que la industria subsidiada de Estados Unidos, que le dedica más energía a obtener subsidios del Congreso que a mejorar la eficiencia. Algunos estudios sugieren que se requiere más energía para producir el etanol de Estados Unidos de la que el mismo contiene. Si Estados Unidos eliminara estas barreras comerciales injustas, le compraría más energía a Brasil y menos a Oriente Medio. Evidentemente, la administración Bush prefiere favorecer a los productores de petróleo de Oriente Medio, cuyos intereses muchas veces parecen discrepar con los de Estados Unidos, que a Brasil. Por supuesto, el gobierno nunca lo dice con estas palabras; con una política energética diseñada por las compañías petroleras, Archer Daniels Midland y otros productores de etanol son simples actores en un sistema corrupto de aportes de campaña a cambio de subsidios.

En las conversaciones comerciales, Estados Unidos dijo que recortaría los subsidios solo si otros retribuían abriendo sus mercados. Pero, como señaló un ministro de un país en desarrollo, “nuestros agricultores pueden competir con los agricultores norteamericanos, pero nosotros no podemos competir con el Tesoro de Estados Unidos”. Los países en desarrollo no pueden, y no deben, abrir plenamente sus mercados a los productos agrícolas de Estados Unidos a menos que se eliminen por completo los subsidios norteamericanos. Competir en un campo de juego nivelado obligaría a estos países a subsidiar a sus agricultores, desviando fondos escasos que se necesitan para educación, salud e infraestructura.

En otras áreas del comercio, se reconoció el principio de los gravámenes compensatorios: cuando un país impone un subsidio, otros pueden imponer un impuesto para compensar la ventaja injusta que se les da a los productores de ese país. Si se abren los mercados, los países deberían tener derecho a contrarrestar los subsidios norteamericanos y europeos. Este sería un avance importante en el intento de crear un régimen comercial justo que promueva el desarrollo.

En el inicio de la ronda de desarrollo, la mayoría de los países en desarrollo temían no solo que la Unión Europea y Estados Unidos no cumplieran con sus promesas (cosa que hicieron en gran medida), sino también que el acuerdo resultante nuevamente los perjudicara aún más. En consecuencia, gran parte del mundo en desarrollo se siente aliviado de que, por lo menos, se evitó este riesgo.

De todos modos, hubo un segundo riesgo: que el mundo pensara que el acuerdo en sí había alcanzado los objetivos de una ronda de desarrollo planteados en Doha, y que los negociadores luego se propusieran, una vez más, lograr que la siguiente ronda fuera tan injusta como las anteriores. Esta preocupación, también, hoy parece haberse apaciguado.

Todavía existe otra preocupación: Estados Unidos se apresuró a firmar una serie de acuerdos de comercio bilaterales que son aún más unilaterales e injustos con los países en desarrollo, que pueden instar a Europa y a otros a hacer lo mismo. Esta estrategia de dividir y reinar socava el sistema comercial multilateral, que se basa en el principio de la no discriminación. Los países que firman estos acuerdos reciben un trato preferencial con respecto a los demás. Pero los países en desarrollo tienen poco que ganar y mucho que perder al firmar estos acuerdos, que casi nunca ofrecen los beneficios prometidos.

En realidad, todo el mundo pierde si se debilita el sistema de comercio multilateral. El resto del mundo no debe adoptar el enfoque unilateral de Estados Unidos: el sistema de comercio multilateral es demasiado valioso como para permitir que lo destruya un Presidente norteamericano que, en repetidas ocasiones, demostró su desprecio por la democracia global y el multilateralismo.

© Joseph E. Stiglitz, ganador del Premio Nobel de Economía en 2001, es autor del libro Making Globalization Work, de próxima publicación. Anton Korinek de la Universidad de Columbia colaboró en este artículo.
© Copyright: Project Syndicate, 2006. www.project-syndicate.org Traducción de Claudia Martínez.
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