laColumna: Hoja de vida
Ayer encontré entre una gaveta de mi hija de ocho años una lista. En la hoja arrancada de cuaderno había enumerado de 1 a 16 las actividades que realizaría para entretenerse durante el día. Está de vacaciones así que bañarse o alguna otra actividad prosaica y necesaria ni siquiera estaban contempladas. Regresé al leerla de golpe a la edad en que el tiempo se abre, se extiende, se desenrrolla como una alfombra interminable de minutos para llenar. ¿Se acuerda? Y uno empieza a hacer listas, con la seriedad de quien emprende una tarea ineludible.
Mis dos hijos pequeños todavía viven sin relojes, en el Limbo, ese espacio fuera del tiempo que oficialmente ya no existe en el mapa de la conciencia. Para ellos solo existe el momento presente. Pero ella tiene ocho años y ha descubierto, me temo, el horror del tiempo. Y la excitación, porque darse cuenta que uno tiene tiempo hace latir el corazón más rápido. Al apropiárselo se ha echado a las espaldas, como una mochila, la necesidad de llenar las horas. Darles forma resulta imperativo. Entre ella y el aburrimiento total solo está esa lista. Eso y la expectativa, no listada, de que suceda lo inesperado. Una aventura, cualquier cosa que rescate el día del hastío de la repetición. ¿Quién no tuvo esa sensación algún día? Por si eso no sucede, ahí está el plan B, la lista. No aburrirse se ha convertido para la niña en una misión. Hay algo temible en el aburrimiento y, aun a su corta edad parece saberlo por la forma tan decidida que tiene de eludirlo: 1) Hacer un pic nic, 2) pintar con yesos, 3) montar bicicleta (cinco vueltas), 4) vender limonada, 5) molestar a la Neige (nuestra gata)… Hoy amanecí pensando que no tengo que afanarme en hacer listas. Soy adulta; una buena porción de los minutos está llena de antemano desde que abro los ojos. Es un alivio y una pena. Agregar comentario: |
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