Me sucedió en París hace ya bastantes años, en un mugroso café del boulevard Sebastopol que frecuentábamos con algunos amigos por lo barato de la cerveza. El hombre tendría unos 25 años y lo guatemalteco le brotaba por todos lados: las botas vaqueras, la camisa a cuadros, el anillo de graduación, lo inconfundible del acento.
“Los andaba buscando”, me dijo, “una amiga mutua me contó que se juntaban por aquí. Yo soy chapín igual que ustedes, fijate”. “Los demás andan chanceando”, le contesté casi disculpándome y lo invité a sentarse. Me habló de que había nacido en Xela, pero que después había vivido en la zona 12. De que en París no conseguía frijoles en los supermercados, de que “posaba” en casa de unos conocidos de su hermana, de que gastaba sus días buscando empleo o vagando por calles perdidas.
“Yo sé que ustedes eran bochincheros”, me dijo de pronto. Iba a soltar una carcajada por lo pintoresco de la definición, cuando agregó en un tono seco,: “Yo soy desertor”. Temí una escena incómoda, pero el tipo continuó, sin siquiera inmutarse. Me contó con detalle de las torturas inflingidas, del olor de la carne calcinada, de la sangre que le salpicaba la cara durante las masacres. Luego, me habló de la locura. De que llevaba varias noches escuchando en su cabeza la misma canción de Los Iracundos. No dejaba de escucharla aunque se tapara los oídos. Cuando terminó, me pidió disculpas y se marchó para siempre por donde había llegado.
Lo soñé hace dos o tres noches. Tenía la cara de Günter Grass y sobre la camisa a cuadros, llevaba un abrigo de las SS. Le pregunté si había encontrado por fin frijoles en algún supermercado. “Va cayendo una lágrima, así decía la canción, sabés”, dijo y se perdió por una calle posiblemente de la zona 12 o de París.
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