Con trémulo ensalzamiento Fernando Andrade recibió la ignominia de una botella de ron especial. Un ron que seguramente tendrá el sabor de la sangre de miles de cubanos que han muerto lentamente bajo la tétrica sombra del terrible asesino Fidel Castro. En una sociedad regida por el ágape, la razón, la dignidad y la libertad, las palabras Andrade (“Conversando con Fidel Castro”) hubieran significado la perturbación, rechazo y crítica de los guatemaltecos dignos. Mientras tanto, nuestros más “ilustres” políticos se vanaglorian de haber tenido una anécdota inolvidable en un viaje a la ahora yerma Cuba que antaño dejaron señores tan honorables como Armando de La Torre.
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