No deja de ser inquietante observar la escena en la que nuestro Presidente ingresa a un salón y nadie se toma la molestia de levantarse ni expresarle la menor muestra de respeto. La inquietud muy pronto cede el paso a una profunda preocupación cuando la diputada Anabella De León le apostrofa a gritos, sin que nadie se tome la molestia de establecer un orden, un procedimiento, una manera para interactuar. La situación alcanza niveles de alarma cuando otros dos diputados empiezan gesticular, con evidente ira, uno de ellos, Mario Chávez, empuñando la mano. Lo que esta escena describe es la total ausencia de autoridad y la pérdida de dignidad de un cargo que simbolizó en algún tiempo el súmmun del poder político y la cresta del prestigio social. Hay varios factores que han incidido en este deterioro político y simbólico del cargo. Uno, la apresurada e incoherente coalición de grupos que llevó a Óscar Berger a la Presidencia. Dos, la debilidad de esa coalición en términos de poder político. Y tres, la persona del Presidente. Si bien es difícil determinar cuál de estos desencadenó y cuál ha sido más determinante es evidente que la conjunción de los tres le ha causado un daño terrible al simbolismo que tiene la Presidencia de la República. Lo cual, además, a ojos de los ciudadanos, ha incidido para que el cargo ya no sea visto como relevante.La conflictiva y vergonzosa escena que nos mostraron los telenoticieros en la noche del miércoles ha acentuado la pérdida del simbolismo que tiene la Presidencia. Ya no es más aquella oficina a la que debían ascender personas que encarnaban una dimensión superior respecto al resto de la ciudadanía, en términos de capacidades intelectuales, posibilidades coercitivas, decisión y fortaleza para hacer avanzar un criterio. En este momento, en el que se ya se ha reconocido la inoperancia del sistema político tal y como existe actualmente, hay que replantear también cuáles debe ser los contenidos simbólicos que debe tener la Presidencia. Luego del trauma que representó el período de gobernantes militares, nos inclinamos, con escasa fortuna, por gobernantes civiles, con la esperanza de darle a la Presidencia una imagen menos intimidante y represiva. Pero con Berger el afán de acercar la Presidencia a la ciudadanía, eligiendo un hombre de personalidad bonachona y campechana, ha tenido el efecto de reducir al mínimo la diferencia entre autoridad y ausencia de esta.
En estos momentos en que empieza a plantearse la reforma del sistema político, debe trabajarse también en redefinir el perfil simbólico del cargo, porque no debemos olvidar que el ejercicio del poder político exige, además de aplicar las decisiones necesarias en el momento en que estas se requieren, establecer un sistema de significados que refuerza la legitimidad y la estabilidad del sistema. Por lo que se lee en las encuestas , el afán de los guatemaltecos ya no es tener como gobernante a un ciudadano común, sino a alguien que proyecte un aura de excepcionalidad, de autoridad.
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