Sin embargo, feliz, de su lucha por la independencia de su patria.
Jacques Seidner
Lo que hace a Gervasio Artigas –prócer de la Independencia del Uruguay– diferente de la mayoría de los libertadores suramericanos –todos ellos más o menos señoritos y aristocráticos formados en Europa– es que este uruguayo – semi charrúa, quizás un poco bandolero en su juventud– fue un personaje auténtico de su región donde vivió siempre y hasta su exilio habiendo combatido por la libertad de su provincia con convicción, alejado de ideologías elaboradas y de componendas políticas turbias. Fue hijo de la tierra, un campesino –propietario y miembro de la Santa Hermandad– una milicia encargada durante el virreinato español de luchar contra el abigeato y delincuencia actividad usual en la banda al oriente del río Uruguay. Y fue así como un Artigas ya maduro (1764/1850) fue requerido por sus conciudadanos de Montevideo para guiarlos en el movimiento independentista contra España en 1810 puesto que ya para entonces él gozaba de gran prestigio como líder y talentoso militar.
La incógnita que merece respuesta es por qué Uruguay adquirió su estatus de república libre hasta 1830 ahí donde la mayoría de la América española fue independiente desde los albores de 1820. Posiblemente se deba ello a que entonces hubo en escena tres actores con intereses políticos y ambiciones contradictorias. Por una parte los insurrectos de Uruguay que buscaban afirmar con Artigas la autonomía federalista, en segundo lugar los intereses unitarios y centralistas de Buenos Aires y finalmente los luso –brasileños monárquicos y oportunistas quienes preocupados por los acontecimientos al sur de su frontera punteaban ya desde entonces en ese remoto confín.
Estamos en 1811 y Artigas aliado de los argentinos vence al Ejército realista español en Las Piedras y pone sitio a la ciudad de Montevideo. Pero la Junta Unitaria de Buenos Aires considera que Artigas empieza a ser molesto por su federalismo a ultranza y negocia contra “el Protector de los Pueblos Libres” con los portugueses de Brasil que invaden el oriente del río Uruguay por tierra y por mar. Artigas deberá entonces luchar simultáneamente contra dos frentes. Jefe de los “orientales” guiará a sus “montoneros” a defender el federalismo frente a los unitarios de Buenos Aires y a guerrear contra los invasores lusitanos que lo derrotan finalmente en Tecuarembó. La puntilla le llegará a Artigas con la traición de su lugarteniente Ramírez quien aliado a los unitarios bonaerenses lo derrotará en Las Tunas. Estamos en 1820, el prócer uruguayo sin Ejército se refugia en Paraguay donde el déspota Rodríguez Francia lo considerará como su prisionero.
Sin embargo, aún sin Artigas la rebelión uruguaya prosigue su curso durante varios años. Cansados de esa guerra interminable y desgastante, argentinos y luso–brasileños acuerdan finalmente aceptar la Independencia de la región oriental del río Uruguay que se constituye en república independiente. Corría entonces 1830… Artigas no podrá sino observar de lejos y sin participación alguna el término, sin embargo feliz, de su lucha por la independencia de su patria.
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