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laColumna: Máquina del Tiempo

Mañana, Cuba (II)

“Cuando desaparezca Fidel hará falta una renovación de las motivaciones para impulsar (…) una revolución dentro de la Revolución”.

Manuel Vázquez Montalbán.

Por: Arturo Monterroso

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Cuando uno piensa en Cuba, quizá la primera pregunta que se hace es si su proceso revolucionario y el socialismo son pruebas fehacientes de que el ser humano puede vivir de una mejor manera; de que una sociedad solidaria e inteligente es posible. Y que también es posible erradicar nuestros grandes males: la pobreza, la desigualdad y la incapacidad para proveer a todos de salud y educación. Según apunta Andrés Sorel en Mañana, Cuba, un informe de la UNICEF afirma que la isla había alcanzado, en 1993, uno de los más bajos índices de mortalidad infantil, mucho menor que la mayoría de los países desarrollados. Y, de acuerdo con el escritor, la población tiene garantizadas la educación, la asistencia sanitaria y la leche para sus hijos. No existe extrema pobreza aunque hay problemas pendientes de solucionar: la vivienda, el agua, la electricidad. Sin duda la mayoría de las personas llevan una vida modesta pero sus carencias son de orden material. Y, “gracias a la revolución, Cuba es hoy el país más culto de América Latina y uno de los más cultos del mundo”.

Y, entonces, se pregunta uno, ¿por qué tanta gente ha abandonado la isla? ¿Por qué arriesgan su vida en una balsa para ir a buscar el insulso sueño americano? ¿Por qué se produjo la crisis de los balseros de 1994, cuando Estados Unidos acogió a millares de cubanos en Guantánamo? En ese año los náufragos y rescatados cubanos sumaron más de 35 mil. Y fueron 2 mil 500 los emigrantes de Mariel. En 2002, 27 mil 500 cubanos emigraron ilegalmente a Estados Unidos y, de acuerdo con Sorel, “…más de medio millón de cubanos emigrarían de poder hacerlo, en la actualidad. Pero si como máximo se conceden por las autoridades norteamericanas 20 mil visas al año, entre las legalizadas y las que corresponden por el acuerdo de sorteo anual, 500, se necesitarían más de 20 años para satisfacer la demanda”. ¿Es que todos son “gusanos” tardíos que añoran el régimen de Fulgencio Batista o anticastristas pagados por la CIA? ¿Es que las limitaciones económicas están por encima del desarrollo intelectual y las convicciones ideológicas? ¿Tiene razón Sorel cuando dice que la única libertad que hoy existe en el mundo desarrollado es la del estómago satisfecho aunque el cerebro esté dormido? Porque “las causas económicas se sitúan por encima de cualquier otra consideración a la hora de interpretar el fenómeno migratorio cubano”. Pero también es importante la reagrupación familiar y la percepción que tienen algunos cubanos de que no hay futuro en la isla.

Si muchos de los problemas que aquejan a nuestros países ya están resueltos en Cuba, quizá una explicación posible de ese fenómeno migratorio sea, en parte, el bloqueo estadounidense y su dependencia casi absoluta de la Unión Soviética durante muchos años. Porque esa dependencia, dice Sorel, no solo alcanzaba a los planos político y económico sino que tenía un componente nefasto y traumático en lo ideológico. Pero luego de la caída del muro de Berlín y contra todo pronóstico, Cuba salió adelante de ese período de los noventa –ese “período especial” de grandes limitaciones para la población– que obligó al régimen a implementar nuevas medidas económicas y permitir el surgimiento del mercado, marcando así el inicio de un proceso de reformas –explica el escritor–, “que busca establecer una de las bases del futuro cubano: el desarrollo y el incentivo capitalista en un régimen socialista”, que quizá termine “enterrando la ortodoxia política en aras del pragmatismo económico”.

Pero ¿no hace falta también libertad de expresión? ¿Y alejar las prácticas de los comités inquisitoriales, el autoritarismo, el pensamiento único? ¿No hace falta abrir el país, terminar con la intolerancia y olvidar la represión? El futuro de Cuba necesita, según Sorel, cambios y correcciones, elevar el poder adquisitivo de la población, mayor libertad, enterrar los dogmatismos, impedir la corrupción y los privilegios y, entre otras prioridades, equilibrar la existencia del mercado con la igualdad social pero sin renunciar a los valores revolucionarios.

Guatemala, 8 de septiembre de 2006
amonterroso@guate.net.gt
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