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Guatemala, domingo 19 de noviembre de 2006

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El jardín cercado

“Uno se siente liberado; uno tiene la sensación de haber escapado”.
Las olas. Virginia Woolf.

Arturo Monterroso

Fuente menor Fuente normal Fuente grande
En esa magnífica edición de Los secretos de las obras de arte (Taschen, Colonia, 2003) Rose-Marie y Rainer Hagen nos recuerdan las delicias del jardín –concebido como reflejo del paraíso y como último refugio de la tranquilidad y la belleza–, a partir de María en el huerto cerrado, con santos, un cuadro pintado por un maestro renano anónimo a principios del siglo XV. Cargada de una rica simbología religiosa, la pintura refleja el jardín medieval, aislado de la violencia por las murallas del castillo. El jardín, como refugio para disfrutar de la vida, fue introducido por los romanos en el norte de Europa –dicen los Hagen–, pero desapareció con la caída del imperio y no volvió a difundirse sino varios siglos después, en los conventos, aunque con un sentido utilitario: era el huerto donde se cultivaban hierbas medicinales y aromáticas, y verduras y árboles frutales, además de tener una fuente y una parte reservada para las tumbas de los hermanos de la orden. Sin embargo, hacia 1200 volvió a ser descubierto como un lugar hermoso para el ocio y la diversión.

En María en el huerto cerrado, con santos, el pintor pobló el jardín con personajes sagrados: María, en primer lugar, y luego los santos, aunque prevalecen las figuras femeninas que reproducen no solo una imagen de la santidad sino de la belleza. Fuera de la concepción del jardín, como referencia del paraíso, lo más notorio es que se encuentra cerrado por las murallas. Esto, según los Hagen, simboliza la virginidad de María, pero también describe un mundo en el que la paz no era posible sino aislándose en la relativa seguridad del castillo; los conflictos entre los nobles se solucionaban a través de ataques y defensas. Por eso la muralla era indispensable. De manera que el jardín refleja la necesidad que tiene el ser humano de encontrar algún refugio para alejarse de la violencia. Y, como en la Edad Media, olvidar “el desorden y las incomodidades de la vida cotidiana (que) también se quedan fuera: los excrementos de los caminos, los perros y los cerdos errantes, la fetidez, la falta de espacio, la oscuridad y el frío de las casas, el espectáculo de la enfermedad y la pobreza”.

El jardín cercado es la gran alegoría de nuestros tiempos. Porque seguimos teniendo la incontestable necesidad de encontrar refugio, al menos por unas horas, en algún lugar donde la violencia, la estupidez y las incongruencias de la vida cotidiana se queden fuera. No se trata, claro está, de un verdadero jardín amurallado, que los hay, cada día más –las murallas vuelven a proponerse para solucionar lo que nunca solucionaron–, sino de un lugar de la mente, de un estado del espíritu o, también, de algún refugio alejado de la gente –el arte, la literatura, la música, la naturaleza…–, que nos permita descansar de la realidad, si es que tal cosa es posible. El jardín, que ya en María en el huerto cerrado, con santos, es un símbolo en sí mismo, y está cargado de símbolos, reproduce además la condición de inseguridad que se vivía en el medievo. Pero también el gusto por el solaz de un lugar que no solo representaba al paraíso sino a un más terrestre y humano jardín de las delicias. Dicen los Hagen que la referencia literaria más conocida sobre el concepto del jardín como lugar de gozo humano es el Decamerón de Boccaccio, escrito en Florencia unos 60 años antes de que el renano anónimo pintara el cuadro en referencia.

El mundo de hoy, signado por el desprecio a la vida, la globalización económica desde los intereses de los países desarrollados, la ceguera ante la amenaza del desastre ecológico, las migraciones a gran escala, la falta de ética, la pobreza de grandes poblaciones, y un nuevo aire bélico y armamentista, no entusiasma a nadie. Es evidente que no puede uno evadirse de la realidad; acaso solo refugiarse momentáneamente en algún jardín cercado que le permita gozar de la existencia, un lugar ajeno al caos “para sentarse y disfrutar con deleite del reposo”, como recomendaba San Alberto Magno ya en el siglo XIII, según nos recuerdan los Hagen, y como se refleja en María en el huerto cerrado, con santos, pintado 200 años después.

Guatemala, 16 de noviembre de 2006

amonterroso@guate.net.gt
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2 comentarios:

  1. santiago márquez: (2008-01-21 11:19:58 horas)
    hola, me gustó mucho leer el artículo, en parte porque yo escribí un libro que se llama el jardín cercado, que más que nada trata de un lugar apacible que podría ser metáfora de la dicha. en mi versión, un jardín cercado es similar a la democracia griega, por eso y por el privilegio de la dicha, es un jardín aristócrata. la contracara del jardín cercado es en ese libro la libertad, una existencia dura, donde hay que ganarse el pan y defenderse constantemente de ataques. me quedé encantado con tu visión, que considero más individualista en el punto en el que cada uno construye su jardín cercado y lo lleva a cuestas por el terreno de la libertad, que goza mucho más por habitar internamente ese jardín, donde protege sus secretos, su sensibilidad y su inocencia. gracias por el optimismo de tu síntesis, un abrazo.

    santiago

    monopatinrojo.blogspot.com
  2. santiago márquez: (2008-01-21 11:19:07 horas)
    hola, me gustó mucho leer el artículo, en parte porque yo escribí un libro que se llama el jardín cercado, que más que nada trata de un lugar apacible que podría ser metáfora de la dicha. en mi versión, un jardín cercado es similar a la democracia griega, por eso y por el privilegio de la dicha, es un jardín aristócrata. la contracara del jardín cercado es en ese libro la libertad, una existencia dura, donde hay que ganarse el pan y defenderse constantemente de ataques. me quedé encantado con tu visión, que considero más individualista en el punto en el que cada uno construye su jardín cercado y lo lleva a cuestas por el terreno de la libertad, que goza mucho más por habitar internamente ese jardín, donde protege sus secretos, su sensibilidad y su inocencia. gracias por el optimismo de tu síntesis, un abrazo. santiago
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