Actualidad: Edición DominicalHarold Caballeros sale en busca del País de las MaravillasMuchos de los que temen a Dios lo adoran a él. Opulentos empresarios y políticos coronados acuden a su templo. Harold Caballeros, abogado egresado de la Universidad Francisco Marroquín, presidía hasta hace unos días El Shaddai, una de las iglesias más prósperas del país, la cual ha abandonado por un proyecto político: la imagen de una Guatemala perfecta que colmó su mente hace casi tres décadas. Por: Enrique Naveda
Stereo Visión 104.1 F.M.– “Esta es mi Biblia, la palabra de Dios. Yo soy lo que mi Biblia dice que soy”. La voz del pastor Harold Caballeros se escuchaba en los transistores del país. Era mediodía del domingo 12 de noviembre en el Centro de Adoctrinamiento El Shaddai. “Tengo lo que mi Biblia dice que tengo”. El lema se retransmitía a toda la nación gracias a una red de 25 radiodifusoras. “Hoy la leeremos, la escucharemos y la semilla incorruptible de la Palabra de Dios transformará mi vida para siempre. Amén”.
La iglesia, un edificio situado en la zona 14 que hace 15 años era una carpa de circo, aún conserva la estructura de un lugar diseñado para el espectáculo. En el altar, Harold se desplaza frenéticamente evitando chocar con los instrumentos musicales, con un cirio que casi siempre está encendido, con las banderas de Guatemala e Israel. Es hiperactivo, dicen. Para no perderlo de vista a veces es necesario mirar a las pantallas de televisión distribuidas por el templo. “Si llega a presidente me gustará verlo parado en el podio”, bromea Samuel Berberián, decano de Teología de la Universidad Panamericana. Recientemente, Caballeros predicaba en la radio que quien tiene visión obtiene lo que quiere. “La provisión sigue a la visión”, jugueteaba con las palabras. La frase revela, en su forma y contenido, dos rasgos de su carácter: el orador y el visionario. “Como buen abogado –explica Berberián–, Harold busca que sus argumentos nos agarren por sorpresa. Habla para ocultar, dice lo que le interesa que usted sepa. Harold es todo imagen, tiene un alto cociente intelectual y está decidido a no perder el tiempo”. Iglesia y política Para él no perder el tiempo significa perseguir una “visión”, tal vez su palabra favorita. Por eso, mientras unos le reprochan su espíritu mesiánico, otros lo llaman visionario. Cromwell Cuestas es uno de ellos: “Harold mira cosas donde nadie más las ve. No es acomplejado: enseña a pensar en grande”. Cuestas, empresario de Volvo Centroamérica, es su amigo y está en El Shaddai desde 1987. Con él cofundó Visión con valores (Viva), el nuevo partido político con el que el pastor quiere perfeccionar Guatemala. Cuestas es solo uno de los muchos empresarios que acuden a la iglesia de Caballeros. En sus filas se cuentan, además, nombres de abogados exitosos, finqueros prósperos y familias propietarias de negocios tradicionales. Caballeros apoyó, por ejemplo, al ex presidente Jorge Serrano Elías durante su período presidencial. Ahora los partidos codician su figura porque la fuerza política del predicador aumentó. A consecuencia del éxito de Plan Visión de País -Caballeros concitó al espectro político de izquierda a derecha del país para definir compromisos inmediatos- la mayoría de estos le han ofrecido un lugar en sus listas. Eso es lo que dice Caballeros. Plan Visión de País nació de manera fortuita hace seis años. El pastor llegó a pedirle crédito para uno de sus colegios al banquero Diego Pulido y terminaron hablando de las necesidades del país: “Lo que Guatemala necesita”, coincidieron, “son planes que no se vean arruinados a cada cambio de legislatura”. Trabajaron juntos denodadamente hasta que lograron que los partidos políticos firmaran el pacto recientemente. En el camino hasta ese acuerdo se les habían unido 13 personas más que también actuaron como intermediarios. Entre ellos estaban Jaime Arimany, ex presidente del Cacif (Comité Coordinador de Asociaciones de Agricultura, Comercio, Industria y Finanzas); Adrián Zapata, con un pasado en las filas guerrilleras, y Álvaro Pop, líder indígena. Sin embargo, los planes de Caballeros van más allá. No se abandona legalmente una iglesia como Shaddai para coordinar un proyecto de país. La ley solo lo exige cuando se aspira a la Presidencia y Vicepresidencia. El ex pastor tiene un proyecto para 2050, “con una meta volante en 2020”. Quiere una nación idílica, un País de las Maravillas. Quiere reproducir el fenómeno coreano del siglo pasado. En 1988, él vio en National Geographic dos imágenes yuxtapuestas: Seúl, 1960, un lugar devastado tras la guerra. Seúl 1988, la esplendente ciudad olímpica. “Eso lo podemos hacer nosotros”, pensó. Cómo lo haría, no estaba tan claro. Primero creyó que con oración y pasó casi 18 años orando, pero luego reparó en que para modificar las estructuras había que “estar en los espacios de decisión”: tendría que esgrimir el poder político. ¿Quiénes somos? Era Año Nuevo. Hace casi 30 años, un vehículo zumbaba en la carretera que conduce al Puerto San José. Adentro iban varios jóvenes borrachos. De pronto el carro dio vueltas. Los chicos bajaron, miraron el vehículo, le dieron vuelta, lo pusieron en ruta y siguieron bebiendo. Como si nada. Harold Caballeros, el joven abogado que iba en ese vehículo comprendió, hasta días más tarde, que esa no era la vida que él quería. ¿Qué se esperaba de un muchachito del Liceo Javier? ¿Iba a ser un alcohólico?¿Respondía su conducta a la moral de rectitud, victoria y perseverancia que los meticulosos jesuitas le inculcaron? Estaba confuso y tenía miedo. Comenzó a rezar. Desde entonces, su vida ha sido una mezcla de religión y voluntad. Dios le daba las fuerzas y él las empleaba de una u otra forma. Así abandonó los noches de fiesta y alcohol. Así edificó una iglesia que tiene unos 15 mil miembros y cerca de un centenar de edificios en tres continentes. Así, también, construyó esa red empresarial con sus gestores y su cartera de clientes, ocho colegios y la ya autorizada Universidad San Pablo. Así, por último, estudió en Oral Roberts, Tulsa, investigó en Harvard, Boston, escribió sociología y se fraguó una imagen internacional de religioso académico que impone bastante respeto. Leer su currículum vitae puede impresionar. En poco se parece, por ejemplo, a Carlos Cash Luna. Sería como comparar un saxofón con un espantasuegras. ¿De dónde venimos? “Harold, usted pasó. Pero, como le digo desde hace cinco años, puede dar más”. Así le reconvino el padre Carrizo, su tutor en el Liceo Javier, a la hora de entregarle sus notas de 5o, recuerda Caballeros. El niño no era un estudiante aplicado. Se esforzaba por entender, dice, pero no memorizar. El pequeño Harold no solo era de tamaño diminuto, era también el menor de la promoción. Con algunos condiscípulos había hasta dos años de diferencia. En las fotos no es raro que aparezca encaramado en alguien. De esa promoción, la de 1972, salieron fundamentalmente abogados, ingenieros y médicos. Jaime Alejandro Matus, ingeniero y ex corredor de carros, repasa con la mirada la lista de sus compañeros: “Entre nosotros hay científicos de renombre mundial, ingenieros fantásticos”. Harold no desentonaba en aquella tropa. Un estudiante un poco por encima del promedio. Cuentan que Harold, el niño, era serio, tranquilo, introvertido, de un proceder conservador ligeramente matizado por los maestros marxistas que en aquellos años tenían un lugar en el Javier. “Harold podría haber triunfado en cualquier cosa, por su tenacidad”, asegura Matus. Más humanista que científico, a los tres o cuatro años de edad el pequeño ya sabía escribir. Por eso ingresó antes al colegio y por eso, ha rememorado en ocasiones, no guarda un buen recuerdo. Los niños, rara vez compasivos, le pusieron todos los apodos posibles. “Hablá en jerigonza”, le pedían a veces, porque le habían oído hacerlo en su Comunión. Ninguno sabía que ese día Harold había recibido al Espíritu Santo, ni que vio a Jesús cuando caminaba hacia la capilla del padre Calaca Fernández, ni que esa jerigonza eran lenguas angelicales. Sin embargo, había cosas felices en aquellos años en que la guerra aún no se acentuaba en la capital. Los viajes en camioneta al Javier, las jacarandosas escapadas al Monte María, casi siempre frustradas por una monja que era como un armario. Pero lo mejor de todo era la vida en la avenida de las Américas, en la 19-60 de la zona 13 a la que se mudaron a mediados de los sesenta. Allí formaba pandilla con los Contreras Vélez en la calle. En la casa estaba su padre, un auditor que podría haber sido su abuelo. Le llevaba 47 años. “Él tenía la idea de que la educación conducía al progreso”, sonríe el hijo, “nos bendijo”. El día que Harold se graduó de bachiller, el papá le regaló un BMW 1602 color vino tinto. Años más tarde, ya en la Universidad Francisco Marroquín, Harold pasó en ese despacho de su padre muchas horas con su amigo Andrés Olivero, ahora exitoso abogado. Con los diplomas del padre colgados de las paredes, ponía los codos en el escritorio de metal y estudiaba. “Era un tipo magnífico. Nos inscribimos en 1973 en Derecho en la Landívar. Pero en la Marroquín la carrera duraba un año y medio menos y nos cambiamos. Por la mañana trabajábamos y por las tarde íbamos a clase”, relata Olivero. Cerraron en 1977, y dos años después, en la primera quincena de mayo se graduaron. Hoy Caballeros sigue inscrito con el número 2358 en el Colegio de Abogados, pero no es miembro activo desde hace algunos años, asegura. De su vida como abogado difícilmente podría salir una buena película de tribunales. El trabajo que hizo fue de un aburrimiento burocrático (contratos de arrendamiento, crediticios). Pero pronto reparó en que lo que a él le gustaba era el comercio. Tuvo una empresa de computación, una ensambladora, una exportadora de videojuegos y otra de cardamomo y pimienta negra, Exprocasa era su nombre. Más tarde encontró a Cecilia Arimany, su esposa, la muchacha que lo llevó por primera vez a una iglesia evangélica. La historia empezó cuando Harold le habló por teléfono para invitarla al cine, pero la llamada resultó en una invitación a “Jesucristo es el Señor”, la iglesia donde asistía su futura esposa. Harold accedió, con dudas pero con ardor. Esa mañana, dos fuerzas batallaban en su interior: el placer que sentía al estar con Cecilia y las ganas de salir huyendo. Pero se quedó. Y para siempre. Con la que sería su esposa y le daría cuatro hijos, y con la que sería su religión y le daría fama. El primer día de diciembre de 1979 acogió a Cristo. Once meses después se casaba con Cecilia Arimany. ¿Adónde vamos? “En su visión de Dios es un hombre ingenuo y sencillote”, asegura el teólogo Berberián. “Harold”, continúa, “mantiene algunos principios católicos. Por ejemplo la voluntad de que lo religioso rija el Estado”. Pese a que el líder de la Iglesia El Shaddai asegura que de llegar a la Presidencia sabrá separar al hombre pío del seglar, muchas dudas siguen abiertas. Esgrime que al abandonar la abogacía por el pastorado demostró que podía cambiar la ley temporal por la de Dios. Pero ¿resulta tan sencillo regresar? Más aún para un hombre que se ha declarado “absolutamente fundamentalista”. Lo explicó en una prédica: “Si fundamentalista quiere decir una persona que aceptó un código innegociable, yo lo soy”. Sin embargo, sus amigos, también los católicos, manifiestan una fe sobrenatural en sus capacidades para separar el púlpito del escaño, y también para dirigir el país. Olivero habla de su pasmosa capacidad para coordinar grupos. Matus y Adrián Zapata consideran que, pese a su sesgo derechista, es buen intermediario entre personas de distintos orígenes. “Harold”, analiza Berberián, “tampoco se integra en una postura evangélica, sino neopentecostal. Con menos preceptos, una teología de la prosperidad”, distingue el decano. Eso tiene una explicación sencilla que además da cuenta de por qué fundó su propia iglesia. Harold Caballeros realizó su instrucción en 1981, cuando aún trabaja como abogado, en Lakewood Church, la iglesia evangélica más grande de Estados Unidos, fundada por John Osteen, su mentor. Le ordenaron en noviembre de 1982. ¿Cómo empezó todo? En 1980 Harold y Cecilia asistieron a una convención de la iglesia en Houston. Al regresar a Guatemala, un cuñado saltó sobre Harold, que para entonces odiaba no hablar inglés (no había entendido nada de la prédica). “Vos”, le dijo su cuñado, “fijate que a fulano el Señor le enseñó un idioma sobrenaturalmente”. Harold rezó durante 270 días seguidos para que Dios le diera el inglés. Y se lo dio. Salvo orar, dice, no había hecho nada para aprenderlo. En agosto de 1981 regresó a otra convención. “Entré al salón”, relata Caballeros, “y parecía que todas las prédicas eran para mí. Entendía todo. Allí Dios me llamó para el ministerio”. En dos meses ya había convertido al evangelismo a toda su familia. Lo supo el día que su hermana, que había acudido por curiosidad a una reunión de evangélicos, entró en casa y dijo emocionada: ¡Mamá, pero si es el mismo Jesús! Una iglesia propia Como ya no se identificaban con los preceptos de Jesucristo es el Señor, lo natural era fundar una iglesia. Así, su mamá, su hermana, su suegra, su cuñada, su cuñado, su abuela, su mujer y él constituyeron El Shaddai en 1983 y en seis años pasaron de un local pequeño alquilado en la calle Montúfar, a un salón más amplio y propio ubicado en la 6a. avenida de la zona 9 para los 350 miembros que tenían. El crecimiento era moderado. Entonces tuvieron un golpe de suerte o, mejor dicho, ocurrió un milagro. Vendieron el terreno y les quedó Q1 millón con el que adquirieron el actual. Allí colocaron una carpa que era del tamaño de su esperanza, y la carpa se llenó con mil personas. El pastor tiene una teoría (la ley de los espacios vacíos), que expuso el domingo pasado. Dijo: “En las reuniones se llenan las sillas que se colocan. ¿Quién decide cuánta gente vendrá a la reunión? El que pone las sillas. Entiendan: Dios les colmará de bendición hasta el límite de su esperanza”. El Señor, sin embargo, tenía el pasado domingo una de sus jornadas más irónicas: un tercio del local estaba vacío. Mientras el templo se llenaba de nuevos feligreses, Caballeros fue demandado en tres ocasiones. Los tractores que aplanaron el terreno habían “decapitado” el montículo de La Culebra del Valle de Guatemala, un monumento nacional, y causaron un derrumbe contra una casa particular. El Instituto Nacional de Antropología e Historia estaba furibundo, y también la dueña de la casa. La multa, impuesta el 20 de septiembre de 1996, fue de Q35 mil. El descuido dio lugar al estudio de la Historia nacional y luego a un movimiento de oración que multiplicó la feligresía por siete en año y medio. El resto, hasta hoy, se resume como una magnífica labor financiera, de extensión de redes y relaciones públicas, que Harold Caballeros ha desplegado de manera fabulosa en los diez últimos años, con viajes al extranjero, “guerra evangélica” y unas estructuras propias de multinacional. Él, dice Berberián, ha sacado adelante todos sus proyectos, pero eran el empeño de una sola persona. ¿Podrá llevar tan bien el timón de un país? Harold Caballeros, el hombre que dirigió un Ministerio, ahora ambiciona la Presidencia. (Con la colaboración de María del Rosario Sandoval y Susana Portillo). "Creo que vienen a mí porque piensan que el voto evangélico es disciplinado, como un ejército." No parece lógico el cambio: primero abandonó el mundo seglar por la Iglesia, ahora quiere dejarla para regresar al mundo terrenal. – Lo voy a aclarar: sigo siendo predicador, pero la pastora ahora es Cecilia. No hay ningún impedimento para que un pastor inicie un movimiento cívico ni para ser diputado. El problema está en querer ser Presidente o Vicepresidente. El artículo que le achacan a Ríos Montt (Art. 186 de la Constitución) dice que no pueden ser candidatos a la Presidencia los ministros de culto. Por eso estoy dejando el ministerio. ¿Y cómo se siente? – Como cuando sabíamos que mi papá iba a morir. Sabíamos, pero al llegar el día, fue un “shock”. La gente en la iglesia llora: no es fácil, he sido pastor 22 años, pero por otro lado, es mejor poner distancia con la Iglesia, por su beneficio. Explíquese. – Lo poquito que he hecho hasta ahora ha estado rodeado de murmuraciones y me digo: “Está duro que la Iglesia sufra”. Me distancio de la Iglesia para blindarla. En las palabras de mi hijo: “No querés destruir lo que tardaste 22 años en construir”. Ideológicamente, ¿cómo se considera? – Mi pensamiento político es técnicamente de centro derecha, pero me considero de centro: vengo de la Marroquín, creo en el liberalismo, pero míreme ahora, ¿cómo hacemos eso sin amor al prójimo? Hay gente que tiene miedo a que su visión fundamentalista pueda llegar a la Presidencia. – Y los comprendo. Soy admirador y estudioso de la teoría de la separación del Estado e Iglesia, pero lo que uno lleva adentro siempre lo guiará. La palabra fundamentalista asusta porque piensan: “Va a guiarse por la Biblia”… Pero tengo bien claros los libros: la Constitución promueve la libertad de culto: usted tiene derecho a ser chamán, evangélico, católico... Su religión tiene que ser defendida. Afuera de la Iglesia, hay que respetar el Derecho. Se reunió hace dos semanas con Efraín Ríos Montt. ¿Le propuso ser su candidato? – ¿Me lo está diciendo, afirmando o preguntando? Preguntando. – He tenido acercamientos con la mayoría de los partidos y varios me han hecho propuestas concretas. ¿Quiénes y qué propuestas? – Desde “véngase con nosotros” hasta “sea nuestro candidato presidencial”. A todos les he contestado: “Es un honor, pero si quiero lograr mi visión el requisito es comenzar de cero”. ¿Por qué cree que atrae a todos esos partidos? – No lo entiendo. En mi lógica es como si viniera Jorge López, de la Fraternidad Cristiana, a ofrecerme ser pastor de su iglesia. Creo que vienen a mí porque piensan que el voto evangélico es disciplinado, como un ejército. ¿Cómo se es político evangélico con la sombra de Jorge Serrano Elías y Efraín Ríos Montt? – Jorge y el General no son mis papás. Si me preguntan por qué los dos presidentes evangélicos fueron malos, les daré una respuesta simplista: ¿por qué todos los católicos lo han sido también? La religión no es relevante, pero si llegara a ser candidato a Presidente tendría que sacudirme esa sombra. ¿Y cómo lo lograría? – Diciendo la verdad. No soy empleado de Ríos Montt ni tuve que ver en su gobierno. Ni tampoco fui nada en el de Jorge (Serrano) Fue su asesor espiritual. – Admití que me equivoqué. Jorge pidió oración y nosotros oramos por él. Si el presidente Óscar Berger o cualquier persona pidiera oración, estaría obligado a dársela. Esa fue mi función con Jorge, pidió que le hiciéramos unos servicios en su casa y los hicimos. Eso hicimos y lo volvería a hacer. Usted, ¿cómo se define? – Un hombre terrible y apasionadamente familiar, pero también soy reservado. Qué curioso que diga que es reservado justo ahora cuando los reflectores pueden encenderse sobre usted. – Es muy fácil que la gente aplauda una prédica, pero en la otra arena, en la política, es distinto, y sé que será difícil. Agregar comentario: |
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