Cada cuatro años ejerzo mi derecho ciudadano al voto y me olvido por otros cuatro de mis deberes para con ese voto. Si el resto de electores, como yo, se desentienden de aquel poder que delegaron en la boleta, no es de extrañar que se sientan ustedes ungidos por la divinidad y en derecho de hacer de sus curules unos tronos feudales.
Durante cuatro largos años he dejado pasar sin decir ni chist (que lo digan otros, qué pereza hablar de política si no es para chismear en los pasillos y vengarme así momentánea y superficialmente de sus desmanes) sobre viajes a París y otras minucias y corruptelas.
Pero la semana pasada, tan enzarzados en intereses partidistas y electoreros como ya es costumbre, han dejado de aprobar el Presupuesto Nacional para 2007. Actuaron en contra de los dictámenes para distribución de obras de los Consejos de Desarrollo, una instancia que pretende descentralizar las decisiones sobre la inversión de recursos del Estado, precisamente, para alejar de las manos de los políticos la tentación de repartírselo como piñata. Y lo hicieron sabidos que dejaban al Estado paticojo para el año entrante, pero ¿qué importancia puede tener eso frente a evitar la fuga de alcaldes o hacerse de votos con el dinero público de cara a las próximas elecciones? Ninguna, ya se ve.
El Congreso no es un palenque electoral, señores. Ni yo voté por ustedes para gallos. Hagan su trabajo. Aunque sea a deshora, hago el mío con mi voto. Lo único que puede salvar este sistema del colapso es nuestra disposición, la de ustedes como representantes y la mía como ciudadana, de no dejar que la democracia se convierta en un mero procedimiento electoral, un periódico asunto de candidatos y de urnas. Me comprometo a vigilarlos.
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