En Canadá hay 1.5 homicidios por cada 100 mil habitantes por año; en América Latina, casi 40. La inseguridad ciudadana ha aumentado. Es legítimo que la sociedad exija soluciones.
Para encontrarlas hay que librar un debate serio. No un debate demagógico dirigido a aprovechar lo que la prestigiosa Universidad Católica Centroamericana llama “el miedo de la sociedad, una rica veta electoral”. Es hora de revisar por qué han fallado los caminos tradicionales para enfrentar la criminalidad, cuáles son sus causas de fondo y cómo encararlas.
En América Latina la discusión ha tendido a ser casi solo polícial, centrada en qué formas de organizar la Policía pueden ser las más efectivas. Se hace necesario renovar el debate y desmontar mitos.
Primer mito: todo se resuelve con “mano dura”. El Salvador tiene uno de los índices mayores de criminalidad de la región. Aplicó en los últimos años la mano dura, y después, como las cifras no variaron, la supermano dura. No hay cambios mayores. Tiene 12 homicidios y 500 asaltos a mano armada por día.
Brasil invertía en 2000, 10.3 por ciento de su Producto Bruto en Policía pública y privada (el equivalente al PBI anual de Chile). La cifra de delitos no disminuyó. Un experto como Louis Wacquant (de la Sorbona) muestra, en el análisis de un gran número de países, que aunque aumente el número de jóvenes en las cárceles, la criminalidad no desciende. Además, en América Latina la pésima situación de las cárceles hace que no tiendan a ser precisamente lugares de “rehabilitación”.
Segundo mito: en los países con mejores resultados se aplicó mano dura. No es verdad. Los países nórdicos tienen la menor tasa de criminalidad del mundo. Al mismo tiempo, el menor número de policías por habitante. Evidentemente, su éxito en seguridad ciudadana no está conectado a un aumento del número de jóvenes presos, sino a sus logros en universalizar la ocupación juvenil, la educación y la inclusión social.
En Estados Unidos hay una fuerte presión social actualmente por sustituir la cárcel por el tratamiento, para los delitos por droga. El Washington Post titula: “Tratamiento, no la cárcel, salva vidas y dinero”. Cada dólar gastado en rehabilitación de la droga rinde de US$7 a US$8 por reducción del delito y aumento de la productividad. También hay intensas demandas por reducir la población carcelaria, cuyos costos son enormes para la sociedad. Ciudades exitosas como Boston se han basado en amplias coaliciones sociales centradas en prevenir el delito.
Tercer mito: no se conocen bien las causas del aumento del delito. Se conocen. El debate latinoamericano las menciona a veces, pero no las aborda a fondo, concentrándose sólo en lo policial. Hay diversos tipos de criminalidad: el crimen organizado, las bandas del secuestro, la droga, el robo de autos, y otras a las que hay que aplicarles el máximo peso de la ley. Otros son los miles de jóvenes que empiezan con delitos menores y pueden ir escalándolos, y ser reclutados después por las bandas. ¿Por qué delinquen? Por un lado, por desempleo. Uno de cada cuatro jóvenes latinoamericanos está fuera del mercado de trabajo y de la escuela, excluidos, vulnerables. Por otro lado, por la falta de educación. La escolaridad promedio de Noruega y Suecia es 12 años; la de América Latina, la mitad. Las empresas de la región con razón piden cada vez más diploma de secundaria, incluso para empleos no calificados.
Otro factor central es la desarticulación familiar. Si la familia, institución central de la sociedad, funciona, entrega valores y ejemplos éticos, y es tutora de los jóvenes, es la institución más eficiente de prevención del delito existente. Ninguna Policía del mundo podrá sustituirla.
Para bajar el número de delincuentes radicalmente, hay que dar empleo a los jóvenes, aumentar la escolaridad y fortalecer la familia.
Cuarto mito: atacar las causas es de largo plazo. Es de largo plazo si se habla y no se hace. Programas como Empleo Joven en Chile –que concertaron el Estado y las empresas para crear un primer empleo para los jóvenes–; Escuelas Abiertas en Brasil –patrocinado por la UNESCO, que abrió las escuelas en las favelas los fines de semana para dar a los jóvenes excluidos posibilidades de aprender teatro, música, arte, literatura, hacer deportes o educarse en oficio–; el trabajo de una ONG conducida por el joven ingeniero Biaggio para crear escuelas para programadores en las favelas, que se ha transformado en una referencia mundial; las lecciones de Yunus con créditos para mujeres pobres en muchos países... todos han rendido resultados inmediatos.
Quinto mito: la Policía va a resolver el problema. Es irresponsable pedirle a la Policía que resuelva un problema cuyas causas profundas no puede controlar. Es un recurso fácil usado por elites de la región para desentenderse de esas causas.
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