La crisis está tomando cada vez una onda más ancha.
Edgar Gutiérrez
De manera creciente al buzón de mi correo electrónico –y al de miles de usuarios- llegan mensajes conteniendo ataques contra líderes políticos, funcionarios de gobierno y dueños de empresas. Se trata, según el entendimiento general, de “campañas sucias” que inevitablemente acompañan los procesos electorales, y arrecian, hasta la saturación, conforme los comicios se aproximan al día de las definiciones. Aunque también se han convertido en un recurso de guerras comerciales. En esos mismos climas de encendidas competencias de poder se han desatado verdaderas guerras de miedo y desinformación en sociedades que no son calificadas como sanas ni prósperas.
El internet, que ha tenido un efecto notable en la democratización de las comunicaciones globales, a la vez ha multiplicado sin límite la capacidad de ciertos aparatos de propaganda gubernamentales, políticos y privados, para diseminar ataques y rumores con impunidad y bajísimos costos materiales. Y es que el medio electrónico permite un buen margen de anonimato y la espiral de reenvíos nos convierte a cada quien en remitentes que involuntariamente pueden contribuir a borrar las huellas de origen.
La ingobernabilidad del internet, que igual invade hogares que sitios de trabajo, tiene implicaciones no solo políticas y económicas en general sino de moral privada. En varios países existe entre las autoridades una preocupación real y legítima por esa capacidad explosiva de la internet. Su motivación central es de seguridad. Igual es un medio para comunicarse y conspirar en manos de las células terroristas, que, en consecuencia, de ataques y sabotajes de daños inimaginables. La exposición de los niños a la pornografía y el sonsacamiento, es también una amenaza contra la integridad humana más vulnerable. Nuestro medio es distinto por la falta de referentes confiables. El Estado se ha vuelto parte del problema.
El uso para fines particulares o de grupo de información sensible (financiera, de seguridad etcétera), la instrumentación de aparatos de seguridad, e inteligencia en las coyunturas políticas y la creciente pérdida de control de las instituciones sobre sus propios agentes, configuran un verdadero cuadro de indefensión de la ciudadanía. La crisis de confianza –horadada esta vez por la internet– está tomando una onda cada vez más ancha que daña demasiados lazos de convivencia. Claro, no es un dato aislado, dado nuestro denso telón de historia de abusos de poder, impunidad y engaños. Quizá por eso a cada rato levitamos en esas olas de rumores, como este fin de semana en que nos subieron a lo que pudiese ser una guerra comercial entre bandos locales. El desmentido de las autoridades financieras ya no tuvo el mismo peso que hace un año, cuando nos dijeron que todo estaba bien con los bancos, y diez meses después resultó que no. Ahora vivimos las consecuencias de haber faltado a lo que Weber llamaba la “ética de la responsabilidad”.
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