El empresariado quiere enjaular a la libertad económica popular.
Mario Roberto Morales
Impresionante resultó sin duda el alud de ideas liberales que fluyeron a lo largo del programa Libre Encuentro de la semana pasada, no tanto porque los participantes estuvieran siempre de acuerdo (como suele ocurrir), sino porque brotaron, de entre sus coincidencias cajoneras, algunas contradicciones cuya elucidación es crucial para definir de qué manera el liberalismo puede constituir la piedra de toque para el despegue económico de Guatemala.
Además de los infaltables mantras neoliberales, como el de equiparar la libertad con el empresarialismo antiestatlista; el de la ineficiencia y corruptibilidad del Estado como “razón suficiente” para justificar su sustitución por una oficina gerencial encargada de labores policiales; el de proponer como ejemplos de lo que se debe hacer a Chile y a los “tigres asiáticos” evitando hablar de México, Argentina y Estados Unidos como ejemplos de lo que no se debe hacer; el de satanizar a los presidentes latinoamericanos de izquierda que han sido libremente electos (tachándolos de “populistas” y a quienes esta vez el conductor del programa llamó “desgraciados que siguen desgraciando al mundo”); y el de santificar “la paz” (derrota guerrillera), la “democracia” (mecanismo eleccionario) y el TLC con Estados Unidos como los grandes logros de los últimos 20 años, también fluyeron ideas interesantes.
Por ejemplo, la de que a menudo “queremos” (refiriéndose al think-tank de ultraderecha llamado Universidad Francisco Marroquín) encajar en modelos liberales y por la fuerza a una realidad con características que hacen imposible este encajamiento, pues su sector económico más dinámico no es el formal–empresarial sino el informal y verdaderamente libre (idea que comparto del todo), dentro del que no solo se cuenta a los creativos y audaces microempresarios sino, sobre todo, y jugando un papel de primer orden, al trabajo de los esforzados y admirables compatriotas que envían remesas del extranjero, y también al narcotráfico, sin cuyo concurso el sistema habría colapsado hace mucho tiempo. ¿Por qué entonces, el empresariado formal y oligárquico quiere embutir dentro de un “Estado de derecho” y una “majestad de la ley” a imagen y semejanza de países del primer mundo, a una economía colapsada cuyos sectores más dinámicos son el comercio ilegal y la pobrería descamisada y (ella sí) libertaria, que hace del mercado su espacio de creativa acción (re)productiva? ¿Será porque ese empresariado quiere enjaular a esa libertad económica popular dentro de la majestad de su ley?
Otra idea interesante fue la referida a las presiones que recibe el poder oficial para que adopte decisiones económicas erráticas. Entre estas presiones se cuentan no solo las de los organismos financieros y de cooperación internacional, sino también las de los empresariados oligárquicos, quienes por medio de ellas ejercen lo que con tanto horror denuncian –cuando se ponen la máscara “libertaria”– como mercantilismo. Actividad que constituye el cimiento sobre el que se edifican sus monopolios y fortunas.
Como se insinuó (con excesiva timidez) en el programa, estas especificidades de Guatemala exigen leyes y medidas económicas y políticas que partan del análisis concreto de esta realidad concreta, y no de la imitación de modelos brotados a menudo de realidades radicalmente distintas de la historia y las idiosincrasias que moldearon nuestra realidad económica. Por ejemplo, las de la oligarquía criolla que forjó “con mano iracunda” un capitalismo atrasado que asfixia a la pequeña empresa y a las capas medias, y que ahora busca remozar, temerosa de que la ola izquierdista provocada por el estrepitoso fracaso de la receta neoliberal, alcance la conciencia libertaria de nuestros miles de microempresarios informales y trabajadores emigrados, genuinos ejemplos de libertad de empresa y libre competencia, a pesar de los brutales obstáculos que les interponen el Estado corrupto y esa misma oligarquía mercantilista, monopolista, privatizadora y neoliberal.
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