laColumna: Máquina del tiempoLas armas de la luz (II)“La suma de la religión es la paz, que solo puede ser cuando las definiciones son las menos posibles y hay libertad para opinar…”. Por: Arturo Monterroso
En mi artículo anterior escribí que el advenimiento de Jesús y la difusión del cristianismo es una de las ideas más trascendentales de la historia. Esta es una afirmación de Peter Watson (arqueólogo, investigador de la Universidad de Cambridge y autor de numerosos libros) que me sirvió para poner en contexto la pregunta de si la tradición cristiana tiene fundamento en la vida y las enseñanzas de Jesucristo, el Hijo de Dios, que verdaderamente existió, o si se trata de una de las más complejas y hermosas invenciones del ser humano, que fue reinterpretándose y reescribiéndose a lo largo del tiempo, sobre todo debido a las contradicciones en los evangelios. Y a las omisiones, como sucede también con las cartas de Pablo –anteriores a los evangelios– que “no mencionan ninguno de los episodios más sorprendentes y llamativos de la vida de Jesús”, según Watson, como por ejemplo que haya nacido de una virgen, en Nazaret. Tampoco se refiere a muchos de sus supuestos milagros. Por otra parte, el investigador nos previene de olvidar el hecho de que en hebreo Jesús (Ieshouah) significa salvación, lo que podría sugerir que Jesucristo (Christos significa Mesías en el sentido de rey y redentor) “es más un título ritual que el nombre de un personaje histórico”. No obstante, el escepticismo recogido en la Historia intelectual de la humanidad no se refiere a la mera existencia de Jesús, que no se pone en duda, sino a algunos detalles de su vida y a ciertos aspectos sobre su divinidad.
Eso nos lleva a la consideración de que la existencia de un dios ha sido siempre una necesidad humana; un impulso vital a partir de que la evolución permitió indagar sobre los fenómenos de la naturaleza, las relaciones con otros seres y la existencia misma. Ha sido esto tan importante que el concepto de dios y el origen de la religión son anteriores a la invención de la agricultura –la idea que produjo la más profunda transformación de la vida, de acuerdo con Watson–, localizada alrededor del año 9500 a. C. La religión comienza con el desarrollo del culto a la divinidad –representada por seres humanos y simbolizada por la mujer–, estableciendo una relación de subordinación entre dios y el hombre, según afirma Jacques Cauvin, antiguo director del Instituto de Prehistoria Oriental, de Francia. De ese lugar en la prehistoria a las Escrituras hebreas hay un salto enorme. Y aunque estas se basan en relatos anónimos, dice Watson, sin referencias históricas comprobables –por ejemplo, el relato del Génesis está repleto de fechas fantásticas jamás cuestionadas– y la idea de un Mesías es ambigua en el judaísmo, es este el origen del concepto de Jesús como salvador de los judíos, que necesitaban liberarse del dominio de Roma. Watson apunta que entre la muerte de Herodes y la destrucción del magnífico Templo de los judíos y su expulsión de Palestina, en el 66 d. C., “ocurrió uno de los acontecimientos más decisivos y misteriosos de la historia del mundo: el advenimiento de Jesús”. No busca este artículo ahondar en la fiabilidad de las Escrituras ni aclarar contradicciones dogmáticas o de fechas históricas relativas a Jesús –sobre todo aquellas que provocan discusiones inútiles entre creyentes y agnósticos–, sino apenas recoger algunas ideas, un tanto dispersas, sobre el concepto de dios, el advenimiento del Mesías y el origen del cristianismo. Hay mucho que indagar al respecto y preguntas sobre las que se puede aventurar alguna respuesta, como “la paradoja moral de las guerras de religión en nombre de un Cristo que había predicado la hermandad entre los hombres”, cuyo significado podría ser: “Sé mi hermano o te mataré”, según escribe Jacques Barzun en su libro Del amanecer a la decadencia. Para quienes dudamos quizá todo lo que existe sea fragmentario y fortuito, como dice uno de los personajes de Stanislaw Lem en La investigación: nosotros mismos somos unos esbozos inacabados y es el pensamiento el que une esos fragmentos con el pegamento de la religión y la filosofía. ¿Son acaso la fe y el conocimiento las armas de la luz? Guatemala, 14 de diciembre de 2006 amonterroso@guate.net.gt Agregar comentario: |
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