laColumna: Viaje al centro de los libros“Los excluidos“La novela Los excluidos de la escritora austriaca más sarcástica y transgresora de nuestro tiempo, Elfriede Jelinek, es un raro festín. Por: Méndez Vides
La novela Los excluidos de la escritora austriaca más sarcástica y transgresora de nuestro tiempo, Elfriede Jelinek, es un raro festín. La autora elabora un retrato de los jóvenes de hoy, tan parecidos en sus actitudes violentas y marginales a los nuestros, aunque la diferencia económica sea tan distinta. Aquí se trata de sobrevivir en medio de la jungla, mientras que los protagonistas de Jelinek se revelan desadaptados ante el Universo, condenados a vivir a la fuerza en un planeta que no comprenden, con la culpa a cuestas del Holocausto y las miserias de sus antepasados.
Los protagonistas actúan ante el mundo según se sienten por dentro, sin apariencias ni falsedad. “El orden y la pulcritud van contra su naturaleza, que, tanto desde dentro como desde fuera, es cualquier cosa menos pulcra”. Cuatro jovencitos, entre los 18 y los 20 años, salen a asaltar gente solo por el placer de dañar, le roban la cartera a un empleado común y no les basta, también le dan una paliza para desahogar su rabia. Rainier, Anna, Sophie y Hans son la expresión de la juventud vacía de finales del siglo XX, la flor de la decadencia, absortos por el absurdo, por el sexo desenfrenado, por los estimulantes y la agresión viva, aunque al mismo tiempo sean tiernos, víctimas de una sociedad descompuesta. Jóvenes “condenados a muerte desde que nacieron”, habitando un “paisaje insípido”, que “no desprenden alegría vital” porque “solo los seres inferiores comen pastel con ganas”, que “representamos una libertad que elige, pero nosotros no elegimos ser libres”, y “cuando ya nada fluye, el encanto de la vida radica en lo superfluo. Por lo demás, lo cotidiano es gris”. El padre de Rainier fue un soldado nazi que disfrutó su tiempo apaleando judíos, y en la vejez, faltándole una pierna, solo piensa en golpear a su mujer e hijos, en violar a la esposa, que se presta a todo lo que el marido exige fundado en su derecho conyugal, y que se masturba frente al hijo, cuando el joven conduce el auto, provocando en un instante de coraje que el joven acelere planificando hundirse en el pantano, cometiendo un parricidio y suicidio simultáneo, pero frena para ser sopapeado, porque no es más que un cobarde. La novela es fuerte, dura, llena de pasajes escabrosos y de reflexiones asombrosas, donde la meta de todos los ataques es el “hombre medio” porque “siempre que entra en contacto con ella, deja tras de sí un rastro de inmundicias”. Gente que vive con limitaciones en una ciudad que describe así: “Alrededor de la vieja casa destartalada crece la antigua ciudad imperial, formada por mediocres casas de categoría ínfima. Gente fea, irrelevante, a veces viejos, deambulan por su interior llevando en un continuo ir y venir sus cubos y jarras a los fregaderos y váteres situados en los pasillos”. Y la mirada es negra: “Anna desprecia a las personas que tienen casa propia, coche y familia y, en segundo lugar, a todos los demás”. Un libro raro y brillante, que plantea el destino como un asunto individual. Agregar comentario: |
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