A pesar de estar sometida desde hace cierto tiempo a duras pruebas, la sensibilidad de los guatemaltecos se sacudió violentamente cuando se dieron a conocer los macabros detalles de uno de los crímenes más cobardes y crueles de cuantos se han registrado en el país en muchos años: el primer día del nuevo año, cuando todavía se escuchaban los ecos de los jubilosos gritos “¡Feliz Año Nuevo!”, la niña de 6 años de edad Evelyn Karina Isidro Velásquez fue secuestrada, violada y decapitada con un cuchillo y, según los datos que dice tener en su poder el Ministerio Público (MP), los autores de tan cobarde, horrendo y cruel crimen son dos miembros de la pandilla juvenil denominada los Roqueros, Rolin Alexander Arrivillaga y Walter Oswaldo Aguirre Baldizón. Y este último tuvo el inconcebible cinismo de confesar ante las cámaras de un noticiario de televisión, cuando era transportado a la prisión, que lo hicieron bajo el efecto de una droga.
En numerosas oportunidades me he pronunciado en contra de que en nuestro país se aplique la pena de muerte, pero hay casos en los que se debe aplicar la pena capital, y este es uno de ellos, indiscutiblemente. Después de haber hecho las investigaciones necesarias, la fiscal del MP Elba Luvia Lima afirma que tiene varios testigos que le han proporcionado detalles de tan espeluznante crimen y tiene en su poder los objetos punzocortantes que sirvieron para decapitar a la menor, así como otro tipo de evidencias que podrían servir para la creación de la hipótesis en torno a este hecho y ha llegado a la conclusión de que va a solicitar que se les aplique la pena de muerte.
Hasta el siempre benévolo Procurador de los Derechos Humanos, licenciado Sergio Morales, quien se ha manifestado muchas veces en favor de los que han sido señalados de haber cometido un delito, ha declarado en esta oportunidad que “no se protegerá a los delincuentes” y el asesinato de la menor debe ser aclarado y asesorará en materia legal a la familia de la víctima para que se aplique la pena de muerte a los responsables. No es posible tener la más mínima compasión con quienes hayan podido ser capaces de cometer un crimen tan cobarde y espantoso como este.
Me desagrada profundamente manifestarme en favor de que en Guatemala los tribunales hagan justicia matando a quienes se les ha probado que son culpables de haber sido los autores de determinados graves delitos, pero estoy convencido de que, en un crimen como este, no hay ninguna pena suficientemente dura para castigar a los autores de semejante atrocidad. Estoy de acuerdo con quienes opinan que esos sádicos criminales no deben seguir con vida y merecen que se les aplique la pena capital sin misericordia alguna. ¡Malditos asesinos! Merecen ser quemados en una hoguera a fuego lento, o guillotinados con una cuchilla sin filo, o colgados del árbol más alto del país, o darles muerte pinchándoles el cuerpo con millones de alfileres hasta que desangren poco a poco.
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