Durante el siglo XVII, en pleno auge barroco, se llevaron a cabo en las colonias españolas las llamadas Procesiones de Sangre, actos rogativos públicos y de expiación, con los cuales los moradores de estas tierras pedían perdón a Dios...
María Elena Schlesinger
Durante el siglo XVII, en pleno auge barroco, se llevaron a cabo en las colonias españolas las llamadas Procesiones de Sangre, actos rogativos públicos y de expiación, con los cuales los moradores de estas tierras pedían perdón a Dios por sus culpas y pecados o bien pedían por el cese de los llamados castigos divinos, como erupciones volcánicas, temblores incesantes, lluvias torrenciales.
Las Procesiones de Sangre eran organizadas por el alto Clero o por las cofradías de Nazarenos, y en ellas participaban una gran cantidad de personas, la mayoría de ellas en actos de flagelación pública, y en varias ocasiones la antigua ciudad de Santiago de los Caballeros fue escenario de estos sangrientos espectáculos, especialmente cuando se veía azotada por los temblores y las feroces erupciones del volcán de Fuego.
Fernando Benítez, en su obra Los demonios en el convento, describe lo que fue una de estas Procesiones de Sangre, allá por el año de 1648, en la capital del Virreinato de la Nueva España. Según crónicas de la época, aquellas procesión estuvo encabezada por los superiores de la Cofradía de Jesús Nazareno, todos vestidos de negro y llevando una vela encendida. Luego venía el gremio de San Roque, abogado de pestes y enfermedades. Este cortejo lo cerraban los llamados “Nazarenos”, vestidos también de luto.
Ante la mirada atónita de la gente y especialmente de los niños, los nazarenos iban realizando todo tipo de flagelaciones y castigos corporales: unos cargaban pesadas cruces, otros iban con los brazos abiertos amarrados a un palo. Iban otros coronados de espinas, chorreando sangrantes y otros con los torsos desnudos cubiertos con puntiagudos cilicios de metal. Con paso trabajoso pasaban los de pies encadenados o esposados sosteniendo calaveras, para invocar el paso fugaz por la vida y el derrotero común de los hombres, la muerte.
Muchas veces pasaban también grupos de flagelantes, dándose de azotes con látigos y cordeles con púas y otros, traspasándose espinas u objetos punzantes: ten aquellos días, todo estaba permitido para castigar y reprimir al cuerpo, considerado entonces, como la parte bestial y corrupta del hombre.
Cerraban aquellos cortejos de sangre, la procesión de la imagen de Jesús Nazareno, la cual avanzaba lentamente entre los funerarios dobles de la campanas, mientras los participantes se flagelaban despiadadamente utilizando cuerdas, látigos, cadenas y pinchos.
Cuando la calle quedaba silente, sin el ruido de las cadenas y el silbido de los azotes, las calles empedradas quedaban regadas de sangre.
Según Benítez, más sufrían los ascetas de los tiempos barrocos con los gusanos que pululaban en sus cicatrices, que las heridas y los cortes que les dejaban los azotes y las flagelaciones.
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