Suelo almorzar cada día en un simpático comedor popular de la zona 10 (“Comer como en casa” se llama), cerca de mi oficina. Va allí una pléyade de empleados de oficina, la crema y nata –si puede decirse– de nuestro pueblo urbano, cristiano, semi-instruido y semi-cualquier cosa.
Allí se escuchan conversaciones altamente edificantes sobre el último partido del Municipal contra “los Cremas”, sobre un colega al que la novia le puso los cuernos en una borrachera y hasta discusiones acerca de ciertos pasajes bíblicos del Deuteronomio. Es un sitio pintoresco que posee un aparato de televisión en la pared gracias al cual puede uno entretenerse viendo las noticias de CNN en español mientras come.
Precisamente, lo que hice este último jueves, cuando la pantalla mostraba con lujo de detalles la ceremonia de toma de poder de Ortega en Nicaragua. Se apreciaba también, en primera fila, al presidente Chávez de Venezuela y a Evo Morales de Bolivia, así como a un representante del gobierno cubano.
El barullo de las conversaciones no permitía escuchar con claridad lo que cada uno de esos personajes de la política iba diciendo. En el restaurante había unas treinta personas dispersas en pequeños grupos y nadie, absolutamente nadie, mostró curiosidad por lo que estaba pasando encima de sus cabezas. Sólo un par de individuos levantaron fugazmente la mirada, pero fue para bajarla de inmediato y concentrarse en el plato de espaguetis.
Yo entiendo que uno tenga hambre, que uno esté harto de la política y que se prefiera hablar tonterías con el vecino; pero lo cierto es que ese pequeño episodio, en su extrema banalidad, me reveló un aspecto de lo que somos y de nuestras actitudes ante la vida. ¿Ortega? ¿Nicaragua? ¿El mundo? ¡Bah!
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