Quien tiene la suerte de hacer contacto durante algunos segundos con los ojos de Diego Asturias, se encuentra con una mirada profunda marrón y una sonrisa como la que pintan los niños con sus marcadores rosados a sus dibujos. Tiene 10 años y es autista.
Ayer, sentado en el salón de música reía y aplaudía junto a sus compañeros de tercer grado en el colegio Carl Rogers. Su “maestra sombra”, una psicóloga con experiencia en la aplicación de neuronet, repetía despacio todas las instrucciones y le ayudaba a integrarse al grupo.
Asistir a un colegio regular exige un mayor esfuerzo de sus padres, maestros, de él mismo. El primer día de clases Esmeralda, su maestra, propuso a la clase jugar “mímica”. Quien adivinara la acción que su compañero ejecutaba ganaba el derecho de escribir el verbo en la pizarra. El ejercicio emocionó tanto a Diego que cuando le tocó su turno aplaudió y le dio una cachetada.
Esmeralda comprende que la presión o la ansiedad causó la reacción en Diego y que no se trató de una falta de respeto. Sin embargo, el incidente provocó las preguntas de una de sus nuevas compañeras. La experiencia fue aprovechada para comenzar con la adaptación al grupo.
Propuesta de ley
Una iniciativa de ley para obligar a todos los establecimientos públicos y privados a aceptar a niños con Asperger, Síndrome de Down, autistas, minusválidos, ciegos o sordos, entre otros, se encuentra ya en el Congreso.
De acuerdo con la diputada eferregista Lucrecia de Palomo, la propuesta contempla varias reformas a la Ley del Consejo Nacional de Discapacidad y propone crear una Dirección de Educación Especial.
Según una encuesta del Ministerio de Educación, en 2004 se estimaba que había 13 mil 127 niños y adolescentes con necesidades especiales. Esa Cartera apenas cubrió con 222 maestras a 5 mil 138 niños.
“Hemos tenido varios casos de padres que rechazan que sus hijos estudien con niños especiales o prefieren retirarlos porque creen que sus habilidades se verán disminuidas. Pero es una experiencia de convivencia”, comenta Janette Paiz, directora del Carl Rogers.
Esa discriminación no llega a contaminar a todos. Valeria, de 6 años, se coloca las manos en las mejillas y exagera sus gestos para preguntarle a Mercy, quien es sorda: “¿Qué te gusta jugar?”. Se queda mirando fijamente a los labios de su amiga y responde: “¡Dice que los columpios!”.
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