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    Guatemala, lunes 05 de febrero de 2007

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    OPINIÓN

    Asalto a nuestra embajada en México (3)

    Jorge Palmieri

    Un pelotón de policías desalojó a batonazos a los intrusos en pocos minutos.

    “El Negro” Durazo me felicitó por no tolerar que un grupo de campesinos de una organización comunista de Oaxaca tomaran por asalto las oficinas de la embajada a mi cargo y por solicitar a las autoridades mexicanas que les desalojara en base a que el segundo punto del Artículo 22 de la Convención de Viena establece textualmente que: “El Estado receptor tiene la obligación especial de adoptar todas las medidas adecuadas para proteger los locales de la misión contra toda intrusión o daño y evitar que se turbe la tranquilidad de la misión o se atente contra su dignidad”. Después me preguntó si podrían usar “por lo menos una granada de humo”, a lo cual me negué porque entre el personal del consulado había mujeres. Después me preguntó si tenía inconveniente en que los policías derribaran la puerta de madera de la entrada, y le dije que no. Me dio el nombre de quien estaba al mando del pelotón y se comunicaría conmigo antes de entrar a las instalaciones.

    Me asomé al balcón y vi que en la calle se habían reunido muchos reporteros y camarógrafos y les saludé con la mejor de mis sonrisas. No habían transcurrido diez minutos cuando me llamó el oficial que Durazo me había anunciado y solamente dijo: “Con su permiso, señor embajador, vamos a proceder”. Le respondí que le agradecería que no fuesen a emplear violencia, salvo que fuese indispensable.

    Pocos segundos después se oyó un estruendo cuando derribaron la puerta y el pelotón de policías entró a aprehender y desalojar a los intrusos sin darles tiempo a empuñar los machetes y las pistolas que llevaban. Eran cerca de 80 los invasores, entre mujeres y hombres, y llevaban frazadas y alimentos enlatados para comer largo tiempo. Los hombres recibieron por lo menos un fuerte batonazo en la cabeza cuando intentaron sacar sus armas, pero no hubo heridos graves. En menos de lo que canta un gallo los invasores fueron esposados y sacados en fila india con todo y sus enseres. Bajaron en orden del quinto piso, por las gradas, pero en el cuarto piso el pelotón de hombres fue sustituido por un pelotón de mujeres que les custodió hasta la calle para que los fotógrafos tomasen las fotos que quisieran y no se pudiese acusar a la Policía de haber actuado con violencia.

    Pocos minutos después llamó a mi teléfono directo el señor presidente de los Estados Unidos Mexicanos, licenciado José López Portillo, quien me honraba con su cordial amistad. Era un hombre sumamente caballeroso, ilustrado y culto y a la vez sencillo y amigable. Casi siempre que me llamaba por teléfono lo hacía directamente, sin necesidad de que llamase por él una secretaria o un ayudante, salvo en excepcionales ocasiones.

    López Portillo llamó para saber si ya estaba solucionada la situación y si no habíamos tenido algún contratiempo serio. Me felicitó por haber actuado “en forma impecable” y porque no permití que los intrusos me obligaran a soportar su presencia en la embajada por tiempo indefinido. Esto fue en febrero de 1981, un año después de la “toma pacífica” de las oficinas de la embajada de España.

    –“Si así hubiesen actuado los primeros embajadores cuyas embajadas fueron invadidas, se habrían terminado esas tomas. Le felicito por su actuación como embajador y se lo agradezco como amigo porque no permitió que esos agitadores usaran la embajada de Guatemala como caja de resonancia para crear problemas a mi gobierno. Si no fuera porque comprendo que su esposa y sus hijos estarán ansiosos de verle sano y salvo a pesar del disgusto que tuvo, le pediría que se venga a Los Pinos a brindar conmigo y compartir una comida mexicana por el satisfactorio resultado del pronto rescate de su embajada y que lo compartamos con Durazo, a quien también quiero felicitar”.

    Los brindis y la comida mexicana los compartimos el día siguiente, solo que entonces me acompañó mi amada esposa Anabella. Durante la comida, el presidente López Portillo me contó que cuando sucedió la tragedia en la embajada de España en Guatemala, el canciller Jorge Castañeda y Álvarez de la Rosa –un trasnochado socialista de salón como muchos– le había propuesto que México rompiese relaciones con Guatemala, pero él no aceptó. (Continuará).   

    Jorge Palmieri

    4 febrero 2007

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