La leyenda del cerro Encantado de Pachalum la conocen aquellos que viven cerca del Motagua, un río que baña a este pequeño municipio de Quiché y que recorre el país hasta desembocar en el Atlántico.
El Motagua en Pachalum todavía corre angosto, casi claro, sin los detergentes ni las aguas negras que kilómetros abajo le vierte el río capitalino Las Vacas. Sus playas son arenosas, de finísima tierra rubia que destella con los rayos del sol y que se cuela con ligereza entre los calcetines.
Y ahí, al pie del Motagua, se levanta una cordillera de montañas enanas en la que se ha tejido toda una historia de suspenso: la del cerro Potosí, una elevación cubierta de árboles con fama de “tragarse a la gente” y de reproducir las onomatopeyas de animales fantásticos.
Mardoqueo Córdova, un campesino oriundo de la aldea Las Minas, creció con ese mito y lo vivió de adulto, una tarde que salió a cazar a la ribera. Caminaba con su rifle en la mano, pendiente de cualquier ruido, cuando escuchó a un par de chompipes.
Recuerda que comenzó a caminar tras el ruido de las aves mientras imaginaba lo contenta que se pondría su mujer cuando lo viera entrar a la casa con ellos. Los pavos no se dejaban ver, pero Mardoqueo seguía sus glugluteos sin darse cuenta de que se internaba en el cerro. De pronto reaccionó. El río había quedado abajo y él estaba solo en la montaña, con miedo. Bajó como alma que lleva el diablo y nunca volvió a poner pie ahí.
Desde la orilla del Motagua, el cerro parece inofensivo, bastante mustio, y aunque cada invierno reverdece, en él no hay más que monte y árboles verdes.
Por eso es que en Pachalum no se explican por qué se escucha al caer la tarde un concierto de animales proveniente de la montaña. Chompipes, perros, patos, gallos. De todo. Como si ahí viviera una comunidad dada a soltar sus mascotas por la noche.
Oralia Manuel Estrada, también aldeana de Las Minas, recuerda el caso de una mujer que atravesó el cerro para ahorrar distancia y nunca llegó del otro lado. Su comunidad se organizó para buscarla, pero nunca apareció. Pero la historia más conocida en Pachalum sobre esta misteriosa montaña es la de una avioneta que se estrelló ahí muchos años atrás, tantos que no recuerdan cuántos. Los pobladores dicen que vieron precipitarse a la aeronave y que, cuando la fueron a buscar, no había ni pistas de ella ni de su tripulación.
El cerro encantado le perteneció a un terrateniente del municipio para quien trabajó Mardoqueo. Se trataba de don Serbando Rosales, cuenta, un pachalunense adinerado que siempre vistió ropa blanca y montaba solamente caballos blancos, y a quien cada viernes por la tarde se le veía caminar hacia el Potosí, cargando una gallina negra.
Mucho se decía de don Serbando. La gente aseguraba que ofrecía sus aves al cerro para tener prosperidad y poderes sobrenaturales. Hubo quienes juraron “por Diosito” que lo habían ido a buscar a su casa y como no les atendió, entraron a buscarlo. Lo vieron en una de las habitaciones, conversando con las piedras y dándoles de comer.
Con la muerte de don Serbando, los rumores sobre sus pactos con “el más allá” no cesaron. A los cuarenta días de su sepelio, los aldeanos aseguran que vieron volar sobre la casa de los Rosales aves de humo. Y se les pusieron los pelos de punta cuando contaron que en el cementario, al momento del entierro, los deudos notaron que don Serbando ya no estaba en la caja.
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