Nadie mete las manos al fuego por lo que hoy tenemos como servicios públicos.
Edgar Gutiérrez
Los servicios públicos son sinónimo de mala calidad. Es la experiencia de muchos, la convicción de algunos, la referencia de los demás. ¿Quién no busca alternativa a la escuela pública, a los hospitales nacionales o los centros de salud pública? Por eso cada día el peso de esos servicios contratados privadamente pesa más en los presupuestos familiares, provocando estrés en las clases medias.
Hay gente que, más por nostalgia de los tiempos idos, defiende el concepto, cierta tradición y necesidad de los servicios públicos. Pero casi nadie mete las manos al fuego por lo que hoy tenemos como servicios públicos. Y quienes hablan de reformarlos son vistos por propios y extraños como quijotes desaliñados del nuevo siglo.
Cuando en el mundo estuvo en auge el Estado benefactor, acá se colaron algunas nociones que fueron capturadas por los factores de poder entre los años cincuenta y setenta del siglo pasado, y se procesaron en una lógica de Estado oligárquico autoritario burocrático. Algunas clases medias sin embargo encontraron oportunidades de ascenso social o al menos de estabilidad laboral. Entonces era una inversión promisoria estudiar Magisterio, Medicina, ingresar al Ejército u obtener una plaza fija en el sector público. De ahí para abajo –más del 80 por ciento de la población– el Estado era una molestia –cobraba multas o impuestos, imponía penas, agredía, reprimía, arrebataba derechos de propiedad, protegía al más fuerte, etcétera.
Por eso cuando en los ochenta cayó la batida neoliberal casi nadie salió en defensa de esa noción de Estado. Apenas algunas reivindicaciones gremiales en defensa de un estatus sometido a un acelerado régimen de erosión. Entre tanto, los partidos y la tecnocracia siguieron la ola del FMI y el Banco Mundial de “modernizar” el Estado. En la práctica fue una ruta de degradación.
Los aparatos desconcentrados del MAGA y Salud –extensionistas agrícolas, promotores de salud–, Caminos y otros fueron los primeros sacrificados. La decadencia de los servicios de educación y salud centrales fue más lenta, pero consistente. Tras 20 años están en ruinas. Los negocios de la electricidad, telefonía, energía, recursos naturales, los bancos y varios poderes del Estado, pasaron a más felices manos. Son ahora negocios donde el Estado es mero tramitador de concesionarios y privatizadores. Las últimas instituciones en caer –no juzgo su uso político ni función social, sino su solidez y tradición– son el Ejército y el Banguat.
En todo este trayecto –sobre lo que quiero llamar la atención– nunca se pudo enarbolar un proyecto de reedificación estatal porque careció de bases políticas y sociales. El costo que ha tenido en términos de cohesión social es inconmensurable. Será interesante seguir discutiendo sobre la viabilidad de una reforma del Estado para sustentar la democracia y la paz social, y promover el desarrollo.
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4 comentarios:
Chepe Pirrir: (2007-02-08 17:44:45 horas)
Licardie rompe, una vez más, el paradigma de vejez como sinónimo de sabiduría.
Jose E. De la Cruz: (2007-02-08 11:42:07 horas)
La visión de estado debe cambiar, dejar de ser un ente de protección de los privilegios de la clase pudiente para convertirse en uno que vele por los intereses de la mayoría de la población, si solamente los ricos tinene acceso a los servicios fundamentales (porque pueden pagarlos privadamente) no podremos vivir en paz.
Con ello no estoy proponiendo un estado "socialista" que dé todo "gratis" a la población, sino uno que de oportunidad a que todos tengamos la posibilidad de pagar por los que necesitemos. Margareth Thatcher dijo una vez que "si la única oportunidad que tenemos es la de ser iguales, eso NO ES OPORTUNIDAD" por lo tanto no pretendo que todos estemos al mismo nivel de riqueza o pobreza, pero es totalmente inmoral que junto a la riqueza y la opulencia de muy pocos, exista la opresión y miseria de una gran mayoría, lo cuál siempre lleva a pensar en términos de confrontación, en vez de tratar de hallar soluciones que sean de beneficio para la mayoría de una manera pacífica y en cooperación.
sergio licardie V.: (2007-02-08 11:41:40 horas)
Para definir nuestro estado hay que conocer nuestras estructuras. tenemos etapas históricas que van desde el primitivismo al anticolonialismo del año 1500, al independentismo, liberalismo, al modernismo, al neoliberalismo (solo para satisfacer la teoría política de algunos pocos). Así también tenemos modos de producción que tienen escalas y eficiencias semejantes. Nos encontramos con tecnologías de avanzada en algunos casos y en muchos una atraso que podemos mostrar su avance como cuando vemos las camionetas, chatarra por todos lados. Muchas mas cosas y modelos conforman la estructura donde pretendemos que el estado funcione y lo hace con estrategias y obligaciones heredadas y sin pisto para actuar. con exigencias políticas del siglo XXII y gratis. Para muchos el estado es un objetivo a cumplir, leyes del futuro, modelos de países avanzados que copiar, pensando que con esto y mas vamos a resolver nuestro múltiples adjetivos sociales para calificar las acciones políticas. lvsergio2@cableonline.com.mx Maestro Primaria INRA
Chepe Pirrir: (2007-02-08 08:48:39 horas)
Lo dicho, el Estado de ente represivo y vigilante del statu quo pasó a la lógica gerencial-policiaco del neoliberalismo, siempre en defensa del capital y la clase hegemónica. Quizá lo esperanzador de todo esto sea la toma de conciencia por parte de las clases medias y populares para la construcción de un proyecto común, democrático e incluyente en el plano político, aún dentro del sistema republicano, democrático y burgués pero con una amplia base social. Esa sí sería una verdadera alternativa al darwinismo inhumano que nos devora.
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