Opinión:
Con el inicio del Transmetro estamos a la puerta de una nueva realidad urbana, Guatemala ya no es una aldea. La necesidad del transporte masivo quedó por demás comprobada. En los primeros días de funcionamiento, entre la pesadilla del tráfico, los trabajos aún incompletos y el aprendizaje en vivo de los funcionarios encargados del proyecto, hemos visto desfilar a grandes masas de gente que abarrotan el nuevo sistema de transporte, sobrepasando las expectativas. Los gusanos pasan repletos de vecinos acostumbrándose al cambio, en unidades nuevas y dignas, piloteadas por profesionales uniformados, en un ambiente aparentemente seguro. Queda claro que el sistema antiguo era un desastre y que lo sigue siendo, pero ya se ha dado el primer paso para encontrar una salida, y hay que admitir que es una demostración de carácter y decisión del Alcalde, que tiene bien ajustado el cincho porque empujar una ciudad como la nuestra hacia el progreso equivale a nadar en contra de la corriente, a navegar en contra de los intereses políticos particulares con tal de llevar a cabo el sueño de la transformación profunda para convertir a Guatemala en una verdadera capital. De débiles cautos hubiera sido evitar el enredo y continuar con la tradición de tapar la necesidad con parches. Pero no, el Transmetro es una obra social de envergadura que se enfoca a las necesidades populares, y beneficia principalmente a los más necesitados, a los capitalinos que debido al encarecimiento de la vida han tenido que ir mudándose a la periferia, que viven hacinados en el asentamiento del Mezquital o se exilian por las noches a Villa Nueva y Amatitlán, aunque persisten trabajando y desempeñándose en la urbe. Los favorecidos son gente que no cuenta a la hora de los votos por la Muni, mientras se afecta temporalmente a los vecinos que poseen auto, y que tal vez sí eligieron en las urnas a los unionistas.
Lo ideal sería un tren subterráneo, pero como la plata del Estado y de los bancos se pierde en otros asuntos más oscuros, entonces se tuvo que empezar por algún lado, y nos fuimos de vuelta a la idea original del tranvía que atravesaba esta ciudad hace un siglo, pero evolucionado, con ruedas y en una pista libre que produce envidia a quienes están a punto de volverse locos en sus autos, aguardando horas para ingresar a la ciudad, viendo cómo deslizan holgadamente los largos autobuses verdes que pasan repletos de gente, sin tener que esperar. Por una vez los privilegios de la pista libre son para la mayoría, para los casi 200 mil trabajadores que circulan diariamente por el nuevo transporte. Las largas filas no son indicio de equivocación, sino la confirmación de que el proyecto era necesario y que hay que multiplicar el esfuerzo, aumentar las unidades y no parar. Lo demás se irá arreglando poco a poco, porque toda transformación implica acomodo y ajustes. Agregar comentario: |
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