Cuenta el Génesis que fue una empresa vasta, emprendida por hombres soberbios que intentaron construir una torre que llegara al cielo y acabaron aturdidos y dispersos por el mundo.
Es hoy el nombre que Gonzales Iñaritu (Amores Perros, 21 Gramos) le da a su película sobre el estado dislocado y confuso en que nos deja el exceso de palabras y la falta de comunicación. Vivimos, quiere decirnos, un gran malentendido. Nuestra ignorancia nos pone en la mirilla de la fatalidad.
Babel es una experiencia visual conmovedora. Salí del cine maravillada de la hermosa yuxtaposición de escenas del arenoso e inconmensurable desierto marroquí, el abigarrado y polvoriento México fronterizo y del paisaje fluorescente de Japón, de las atmósferas únicas que logra recrear este director con la cámara y el parpadeo de la edición. Conmovida, además, con las actuaciones de una adolescente japonesa sordomuda y un pequeño pastor marroquí en posesión de un fusil que se encarga de desencadenar la acción en la pantalla. Aunque también, irritada por la innecesaria ansiedad que se acumula con situaciones calamitosas que dejan la película a un impúdico paso del melodrama mexicano.
La apuesta de Iñaritu de intentar con el ojo de pájaro del cine salvar las distancias que nos separan de la comprensión de la vida como una gran historia descoyuntada de la humanidad. Al final, como en la película, es el gesto –revelador, redentor, inequívoco– lo que logra acercarnos, salvar las distancias, encontrarnos por fin. Aunque nos alejemos de Babel, la película, con la misma sensación ambivalente y confusa que aquellos constructores de la antigua torre, no es cosa de dejarla pasar. Al fin, así vivimos la mayor parte del tiempo sin siquiera darnos cuenta.
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