¿Es que hay alguna base para confundir la alegría y la risa con la falta de seriedad?
Amable Sánchez Torres
Primero en el colegio, después en el noviciado, más tarde, cuando estudiaba Filosofía, y finalmente, cuando estudiaba Teología, oí mil veces aquello de que “un santo triste es un triste santo”. Al parecer, se trataba de formarnos en la idea de que la santidad y la alegría –expresada, desde luego, en la risa– no deben excluirse mutuamente, sino, de alguna manera, integrarse en un mismo todo. Pero digo “al parecer”, porque, a lo largo de la historia de la Iglesia, parece también que las cosas no siempre han sido así. ¿Lo son ahora?
En el capítulo cuatro de su Epístola a los filipenses, San Pablo los exhorta de esta manera: Gaudete semper in dómino; íterum dico: gaudete: alegraos siempre en el Señor; de nuevo os lo repito: alegraos (Flp 4, 4). Y es curioso que, en el índice de materias de la Biblia, versión Nácar-Colunga, de la que tomo esta cita, no exista la palabra alegría. Pienso que en la doctrina y en la predicación de la Iglesia el concepto “risa” se ha escamoteado. ¿Por qué? Lamentándose San Agustín de sus fechorías pasadas, dice en sus Confesiones: “Es cierto que de ordinario uno no se ríe a solas, pero se dan casos en que le viene a uno un ataque de risa, sin estar nadie presente, al ocurrírsele a los sentidos o al venirle al pensamiento un hecho o incidente que provoca la hilaridad” (Confesiones, II, 17). “(…) es la alegría la grande originalidad del hombre en el repertorio de la creación”, dice Ortega en Espíritu de la letra. “El dolor no nos es peculiar. En cambio, los escolásticos subrayan ya como un atributo específico de la humanidad la ‘risibílitas’, la aptitud para risa y sonrisa”.
Según los historiadores, existe una obra perdida de Aristóteles sobre la comedia, la sátira y el mimo. Y según Humberto Eco, en ‘El nombre de la rosa’, el monje que envenenaba a los demás del monasterio lo hacía para que no encontraran ese libro precisamente, pues las enseñanzas contenidas en él habían inficionado el grave sentido del cristianismo. Consecuente con su postura, consideraba traidores a los teólogos de la Edad Media que se habían valido de traducciones de Aristóteles y tratado de adaptar su pensamiento al de la Iglesia.
¿Por qué alabó Cristo a los niños, habló del gozo de la mujer cuando ha dado a luz y de los bienaventurados en el cielo por un pecador que se convierte, y no se nos dice de él que riera o sonriera siquiera una vez? Si asumió en todo lo que es la naturaleza humana y no rió ni sonrió nunca, ¿qué clase de humanidad es la que asumió? ¿Es que hay alguna base para confundir la alegría y la risa con la falta de seriedad?
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