No es por discriminación racial ni por machismo que Rigoberta Menchú no me gusta.
Jorge Palmieri
Los lectores quizás recuerdan que en diferentes oportunidades he escrito en contra de la discriminación racial en Guatemala, donde desde tiempos ancestrales se trata mal a la población indígena. Y he expresado que si los indígenas guatemaltecos se pudiesen poner de acuerdo para apoyar a alguna persona de su raza a llegar a la Presidencia de la República, tal vez puedan lograrlo porque son mayoritarios.
Cuando se comenzó a rumorear que Rigoberta Menchú podría obtener el Premio Nobel de la Paz en 1992, expresé mi ferviente deseo porque lo lograse y escribí varios artículos que titulé “¡Qué india tan relamida!”, en los cuales critiqué el rechazo que la noticia produjo en altos círculos sociales en los que escuché a varias personas que hacían comentarios peyorativos. Y relaté un episodio que viví cuando, en una reunión de alta sociedad, eché a perder mis posibilidades de conquistar a una guapa señora por expresarle mi desagrado por los chistes de mal gusto que contó sobre esa indígena. Me perdí la posibilidad de obtener sus favores porque protesté de que se burlasen de ella. Otra vez en una reunión en la que se hacía lo mismo salí en su defensa recordando a quienes la denigraban que había obtenido una docena de doctorados honoris causa y una señora me contestó en tono burlón que solo eran ad honorem. Yo le pregunté cuántos de los mismos doctorados tenía ella, porque yo no tenía ninguno. La Menchú nunca me lo agradeció ni hubo cartas de los lectores felicitándome.
La venganza es inherente a los humanos, pero no estoy de acuerdo con el comportamiento vengativo que ella mantiene contra las autoridades civiles y militares que durante la confrontación armada cumplieron con su deber al impedir el triunfo de la subversión comunista, porque según ella fueron los culpables de las muertes de su madre y de sus hermanos, mientras que su padre murió en la “toma pacífica” de la embajada de España. Es hasta comprensible que, acompañada por otros partidarios de la subversión, como el actual vicepresidente de la República, Eduardo Stein, haya ido muchas veces a las reuniones de la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas, en Ginebra, como una de las voceras de los guerrilleros. Sin embargo, ese desprestigio causó mucho daño a nuestro país.
El Nobel de la Paz 1992 se lo dieron no porque lo merecía, como la Madre Teresa en 1979, sino a petición de influyentes socialistas como la esposa de François Mitterrand, presidente de Francia, y de su amante el entonces todavía comunista Régis Debray, del obispo africano Desmond Tutu, Nobel de la Paz 1984 y del escultor y arquitecto socialista argentino Pérez Esquivel, Nobel de la Paz 1980. Y cuando regresó a Guatemala pedí públicamente a Serrano Elías que la recibiese con honores, pero ella nunca me dio las gracias ni llegaron cartas de felicitación a elPeriódico. Pero ahora hay quienes dicen que la ofendí al decir con ganas de joder que me cae mal y que no se parece a Angelina Jolie. ¡Qué de a tú!