laColumna: AyerEl armarioAl principio nadie dijo nada. Nadie se atrevía a profanar el armario. Por: María Elena Schlesinger
Al principio nadie dijo nada. Nadie se atrevía a profanar el armario. Por fin alguien tomó la falda de tafetán negro, la que había usado en el casamiento de la nieta. Ya con más atrevimiento, otra dijo que se llevaba la bata de mañana, y otra, los sombreros con plumas. Alguien más dijo que se llevaba, como recuerdo, claro, el vestido azul con puntitos blancos, el que había usado para salir retratada en la foto de su cédula.
Luego comenzó el jolgorio. Se repartieron los lipsticks y los collares de cuentas amarillas trasparentes. Alguien se atrevió a poner el radio, para aliviar un poco la tristeza, dijo. Alguien también abrió el bote de crema ‘Ponds’, la que encontró en la gaveta junto al par de tijeritas alemanas, y se la untó en la cara, y los brazos porque los sentía resecos, mientras metía en su bolso el frasquito de perfume, Los aires del tiempo el que usaba siempre a cuentagotas. Se probaron los zapatos y los dejaron a un lado porque no les quedaban, y le mandaron a regalar a la vecina, la gabardina inglesa que el tío le había mandado por barco de Londres. Después vinieron los suéteres y las blusas. Alguien tarareaba ya la canción que se oía por la radio. Se pusieron los collares y los aretes de la cajita de madera y se vieron en el espejo de luna haciendo la pose de la Greta Garbo. Por último vinieron los pantalones, las faldas y los vestidos de fiesta. Alguien salió del baño con el vestido de encaje y mostacilla: siempre me lo quise probar y ella nunca me dejó hacerlo, dijo. Y la otra modeló la estola de piel que estaba guardada en una caja de cartón envuelta en papel de china, y se la puso en la espalda sobre el vestido negro de luto. Qué linda se te ve, le dijeron todas. Ya nadie podía parar aquello. Este que te quede a ti, porque el color turquesa se te mira precioso. Y estos aretes de cuentitas que le trajeron de Curacao, a ti, porque te lucen bien en la cara. Los pañuelos, llévatelos tú, porque tienen tus mismas iniciales. Y esta falda la quiero yo, porque siempre quise tener una a cuadros. La bata, los calzones, los pantalones grises y las blusas de florecitas, que se vayan al baratillo de los pobres de San Vicente porque, ¡ay Dios mío!, ¡qué barbaridad!, ¡cómo se podía poner esto todavía! No sé a qué hora de la tarde el armario quedó vacío, como sepulcro sin dueño. Todavía alguien lo cerró con llave, la dejó en su sitio y se persignó con respeto delante del cuadrito de la Virgen del Carmen que estaba en la mesilla de noche junto al vaso con agua de ánimas y la veladora encendida. A mí, la cabeza me comenzó a dar vueltas y una náusea secular me subió por la garganta cuando alguien preguntó que quién deseaba llevarse la caja de cuentas rojas, con la que jugábamos todas cuando éramos niñas. Lo último que recuerdo de aquella tarde fue mi cabeza dentro de la porcelana del inodoro, el olor a agua de desagüe y una pasta blanquecina y pegajosa de sabor agrio y amargo que me atragantaba la boca. Vomité. Agregar comentario: |
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