Estudios recientes han encontrado rasgos psicológicos concretos en los agresores domésticos. Esto permite elaborar un perfil del potencial maltratador e identificarlo antes de que efectivamente lo sea.
En todo 2006, el Ministerio Público (MP) recibió 9 mil 422 denuncias de maltrato doméstico. Más de un 70 por ciento de las acusaciones provinieron de mujeres. Si la cifra es alta, aún hay que tener en cuenta que solo una ínfima parte de víctimas emprende acciones legales.
De las 6 mil 594 personas que atendió psicológicamente el Programa de Prevención y Erradicación de la Violencia Intrafamiliar (Propevi), en los 11 primeros meses de ese año, solo 1,007 solicitaron apoyo de la unidad legal, que orienta sobre las vías de denuncia.
Propevi lo explica con un razonamiento simple: no hay cultura de la denuncia, mucho menos contra la pareja.
Si a eso se le añade que existen 205 refugios para víctimas en crisis, pero que en ellos las víctimas pueden estar únicamente entre uno y cinco días, hasta que el juez dicte medidas de protección (en muchos casos insuficientes), no extraña que menos del 1 por ciento dejen a su agresor de por vida.
Menos aún en los casos en que víctima y victimario están unidos por una profunda dependencia.
Según indica Zenaida Escobedo, jefa del área de Psicología del Organismo Judicial, una de cada tres muertes violentas entre mujeres se debe a violencia doméstica.
Crueldad creciente no es delito
El decimonónico escritor inglés Thomas de Quincey dejó dicho que si uno se permite un asesinato, pronto no le dará importancia a robar, del robo pasará a la bebida y a la inobservancia del día del Señor, y acabará por faltar a la buena educación y dejando las cosas para el día siguiente.
Cualquier persona sensata de este siglo lo expresaría con mucha más gravedad: la violencia es gradual y tiende a acrecentarse. Aun más la doméstica.
En las casas, los gritos son el augurio de un empujón. Los empujones preludian una bofetada y al fondo se adivina la soga, la bala y lo ilimitado de la crueldad.
Porque la crueldad de los maltratadores en estos casos suele no tener término, aseguran los investigadores. Y pese a esto, la ley aún no tipifica la violencia doméstica como delito. ¿Cómo son? ¿Qué hacen? ¿Qué ha convertido a estas personas en asesinos latentes?
Inteligente, frío, trabajador
Es inútil escrutar de mañana los rostros desencajados en la camioneta, y vano temer las barbas caóticas o huir de los aretes y las uñas astilladas. Ningún rasgo físico revela nada.
No es fácil distinguir a un maltratador de quien no lo es. Tiene más parecidos con una persona común que diferencias, o lo que es peor: a veces su conducta se considera ejemplar, dice Raúl López Rivera, jefe de Psicología del Propevi, en donde trata a victimarios enviados por los jueces.
“Responde al modelo social de masculinidad: es inteligente, frío y trabajador”. Aunque en toda persona se concitan rasgos que la Psicología considera “predisponentes”, los posibles maltratadores aúnan más y más agudos.
Psicólogos de varias tendencias apuntan a una infancia traumática para explicar un temperamento en ruinas y mencionan tres personalidades: los psicopáticos, los que tienen un autocontrol excesivo, y los cíclicos.
El psicopático es incapaz de imaginar el miedo o el dolor de otra persona, y no siente remordimientos. Distante e imperturbable, tiende a ser duro de carácter, dominante y a creerse dueño de cuanto le rodea. Muestra una introversión que combina con agresividad e impulsividad. Tiene un buen concepto de sí mismo y es independiente: a menudo desempeña un papel social relevante. Se preocupa por su imagen, y se lo exige a su pareja. Suele ser muy desconfiado con ella, casi paranoico. Distorsiona las situaciones para que se ajusten a su propia percepción.
El que tiene un autocontrol excesivo elude la discusión y niega su ira. Es huidizo y teme que algo salga de su control. Habitualmente cree en roles sexuales rígidos, aísla a su pareja y la convierte en su sirvienta.
Una clasificación distinta aglutina estos dos primeros tipos bajo el nombre de “cobra” por su astucia, elegancia y doblez, asegura Escobedo.
Pitbull
El cíclico es incapaz de describir sus sentimientos o explicar su necesidad de controlar la intimidad. Tiene un humor caprichoso, es irritable, celoso, impredecible. Humilla a su pareja como forma de deshacerse de su propia vergüenza y humillación.
“Se redime de su comportamiento volátil aplastando a un ser querido y castiga a sus parejas por no cumplir con sus peticiones imposibles”, explica en un estudio Donald G. Dutton, catedrático de Psicología de la Universidad de Colimbia Británica, Canadá, y uno de los investigadores más dedicados.
El maltratador cíclico se diferencia del psicopático porque sólo agrede en el círculo familiar. Su furia es más frecuente que la del que tiene un autocontrol excesivo y es consecuencia de su tensión interna. Le llaman “pitbull”.
En una entrevista por correo electrónico, el profesor Dutton comenta que en los países en los que una cultura patriarcal no apoya la violencia doméstica, los trastornos de personalidad son lo que mejor predice la ejecución de un acto así.
En su opinión, los maltratadores cíclicos, violentos exclusivamente en sus relaciones íntimas, tienen una forma leve del Trastorno de Personalidad Fronteriza que él llama Organización de Personalidad Fronteriza (BPO, por sus siglas en inglés). Según sus investigaciones, casi la mitad padecen en grado considerable este desequilibrio que les sitúa entre la neurosis y la psicosis.
Lo interesante, piensa Dutton, es que, tanto tener personalidad fronteriza como vejar a la pareja, tienen vínculos probados con abusos padecidos en la niñez.
El 87 por ciento de los niños a los que sus padres niegan u omiten el cariño, tienen, ya adultos, estallidos incontrolables de ira, y seis de cada diez revelan un “patrón de apego temeroso”. Por esta razón, los BPO son hipersensibles al rechazo y eluden las relaciones muy firmes. Las humillaciones padecidas reforzarán estas características. Las palizas recibidas endurecerán sus puños.
¿Por qué se ponen violentos en el hogar?
Parcialmente, porque su pareja es poco más que una forma de no derrumbarse y tiemblan de inseguridad. Son dependientes enmascarados. Dada su intolerancia a la soledad y la inestabilidad de cómo se ven a sí mismos, dependen de otro para mantener sus ruinas en pie. Sin embargo, como se sienten incapaces de comunicar sus necesidades afectivas y los aplasta la culpa, pretenden descargarla en la conciencia del compañero, y estallan.
María Castellano Arroyo, catedrática de Medicina Legal en la Universidad de Granada (España), explica telefónicamente que lleva 26 años estudiando el problema. En ellos ha descubierto que estos agresores son muy fluctuantes, ansiosos y se frustran con facilidad. “En el trabajo reprime sus frustraciones y se libera al llegar a la intimidad de la vida familiar”.
Para Dutton, los BPO encuentran en la cultura elementos para justificar sus abusos. Una de sus defensas consiste en la clásica visión maniquea que parte el mundo en dos: bueno y malo. Las culturas que dividen a las mujeres en vírgenes y putas, escribe Dutton, los reafirman. Cuando inoculan en los hombres la idea de que la mujer es responsable de la relación, les dan razones para creer que ella debe mitigar su desasosiego.
“En nuestro medio existe un apego muy fuerte a la madre. Pero nos crió demasiado machos”, señala Romeo Lucas Medina, ex presidente de la Sociedad Guatemalteca de Psiquiatría.
Los factores culturales y educativos hacen que la mujer sea un mero objeto, al servicio del hombre. Este adopta un papel de dominancia y superioridad, sin que ello pueda ser etiquetado de patológico ni de anormal, aduce Castellano.
“Solo reproducen lo que les enseñaron”, afirma Raúl López, de Propevi. “Sería no entender nada, decir que están enfermos”.
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Campaña. Varias instituciones publican consejos para evitar más víctimas.
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