Opinión:
Sin lugar a dudas, una de las decisiones más acertadas de la Casa Presidencial en lo que va del año es haberle realizado un merecido homenaje a don Rubén Amorín Matos, recordado director técnico de varios clubes futbolísticos del medio y de la Selección Nacional. El reconocimiento se hace justo en el momento en que nuestro fútbol está pasando por un serio declive a nivel competitivo.
Recordar a Rubén Amorín es, forzosamente, recordar una parte de la vida familiar, rodeada de dirigentes deportivos de a de veras, de los que no transitaban de reelección en reelección, buscando transas dolarizadas, de periodistas y cronistas de la talla de Humberto Arias Tejada, de deportistas que eran respetados en la Flor Blanca, en La Sabana o en el propio coloso de Santa Úrsula, y de glorias de antaño que, como el gran Pepino Toledo, llegaban de cuando en cuando de visita: eran los tiempos en que el siempre respetado “Amorín” se enseñoreaba por los estadios centroamericanos y desde ese entonces, siendo un extranjero conosureño, era tratado con el mayor cariño y respeto, como todo un connacional notable. Tal y como lo indica el teórico de la competitividad Michael Porter, “la inyección de extranjeros, con sus destrezas en una comunidad diferente, puede coadyuvar a construir un diamante balanceado de fortalezas, que le sirven al país a triunfar en el concierto de naciones”. En los tiempos de Rubén tuve la dicha, por andar muy cerca de mi señor padre, y de conocer a esa estirpe. Recuerdo a don Maurice Discry, un belga conocedor del deporte y la educación física como pocos, a quien visitábamos en su clínica fisioterapista allá por el Portal del Comercio. “Mírenme”, nos exclamaba en voz alta don Maurice, “a mis 70 años todavía camino en paradilla y me mantengo en forma como pocos”. Recuerdo a don Walter Peter y su pandereta, impartiendo la clase de Educación Física y a Blas Quaglieri, un italiano, que vino con un equipo ciclístico de la bota europea, y se quedó en Guatemala, contribuyendo a forjar no solo campeones de maíz, sino capacidad industrial, pues don Blas fue un notable empresario de los metales. De los pupilos seleccionados de don Rubén, hace poco sostuve amena conversación con Armando Melgar, todo un caballero de la cancha, y no digamos el Cuky López Oliva, a quien le llamaban “Mister Chanfle”. Se trataba en ese tiempo de esforzados jóvenes que combinaban el estudio y otros trabajos con el duro entrenamiento. Ahora pienso que su rendimiento era mejor al de la gran mayoría de nuestros futbolistas de hoy, precisamente porque asimilaban en menos tiempo las instrucciones de sus tutores, siendo que el deporte es una actividad estrechamente vinculada con el entendimiento y la enseñanza. Mirando entonces al futuro: debemos comprender que, más que negocio para pocos, el deporte es parte de la educación integral, tal vez por eso estamos como estamos en tan noble actividad. Agregar comentario: |
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