La poesía nació en la calle, con los bardos, los aedas, los rapsodas, los juglares, los trovadores, esa calle a donde la devuelve el festival.
Ana María Rodas
Es prodigioso asistir al Festival de Poesía de Granada. La ciudad, emparentada con La Antigua Guatemala en su apariencia, con la envidiable calidad de vida que La Antigua tuvo hace algunos años, se encuentra emplazada a orillas del inmenso lago Cocibolca que la refresca con el viento que sopla suave por sus calles procedente del enorme cuerpo de agua.
Durante una semana, en el mes de febrero, Granada se inunda de poetas. Este año llegaron a los 130 y procedían de 40 países. Una babel generosa, donde se escucharon muchos idiomas y donde se acudió al inglés, al francés, al italiano o a cualquier otro idioma que medio se chapurreara, para comunicarse con los colegas. Al final, todos nos entendimos porque somos una clase particular de gente que buscamos trascender barreras.
Este año el festival se celebró en homenaje al poeta Pablo Antonio Cuadra, y en saludo del centenario del nacimiento de Manolo Cuadra. También, para festejar los 80 años del maestro Fernando Silva.
Las lecturas de poesía, en Granada, son kilométricas. Hay que tener unas posaderas muy mullidas para escuchar con atención a todos los poetas que esa mañana, esa tarde o esa noche, leen lo suyo. Hay quienes –locales sin duda– sin consideración alguna se lanzan a leer sus obras completas. La inmensa mayoría lee poemas cortos, pero si son en idioma extranjero, con la traducción se alarga el cónclave y varias horas más tarde, se agradece el levantarse y estirar el esqueleto.
Los habitantes de Granada acuden masivamente a esas lecturas, especialmente a las que se celebran por la noche, cuando el calor amaina, en los atrios las iglesias coloniales de la ciudad. Hay tal interés entre el público que una noche de la semana pasada solo hallé espacio para apoyarme en un borde del atrio. Para cuando llegó la hora del concierto que ofreció Luis Enrique Mejía Godoy, en las calles cercanas no cabía nadie más.
Lo anterior sucedía justamente después del carnaval que recorre las calles, en el que participan grupos musicales y de danza de Granada y de los municipios cercanos. Se trata de un entierro alegrísimo que parte de la iglesia de la Merced y recorre las principales calles de la ciudad, para finalizar a la orilla del lago, donde cada año se sepulta algún rasgo negativo de los humanos. Este año se enterró a la intolerancia.
El desfile comienza con la carroza fúnebre, una pieza de museo de maderas finas teñidas de negro, encristalada y con penachos, tirada por dos caballos. A continuación siguen los diablitos chicheros, los gigantes y otros cuerpos de baile; en el medio va un artefacto que solo podía haber sido creado en Nicaragua: el poetamóvil, a donde suben los escritores a leer en cada esquina. Los granadinos se suman a los poetas, que bailan –sí, leyeron bien– detrás de poetamóvil durante las tres horas de duración del cortejo que se cierra con otros grupos más avezados en la danza que los escritores.
Esta vez se congregaron unas diez mil personas en las calles viendo pasar al entierro. La poesía nació en la calle, con los bardos, los aedas, los rapsodas, los juglares, los trovadores, esa calle a donde la devuelve airosamente el festival.
La poesía se lee en todos los espacios públicos, incluidos el mercado, las plazas, los centros técnicos, los colegios, las universidades, y hay gentío para todos los eventos. Los más formales se celebran en hermosos recintos e incluyen mesas redondas a las que se invita a distinguidos críticos de renombre internacional y en ellas se analiza extensamente la obra del poeta en cuyo honor se celebra el festival.
Pero lo que le roba el corazón a todos los poetas son las lecturas en los municipios que circundan Granada. Este año me tocó asistir, con noruegos, mexicanos, puertorriqueños, panameños, al pueblo de San Juan de Oriente, donde un público abigarrado, constituido en su mayoría por estudiantes de todos los niveles, aguantó valerosamente de pie el torrente poético. Al finalizar recorrimos el pueblo, entramos a la iglesia y visitamos uno de los lugares donde se producen las hermosas artesanías en terracota que se venden por las calles de ese paraíso que se llama Granada. (http://anarodas.blogspot.com/)
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