Sospecha que soy uno de esos relativistas y agnósticos.
Luis Aceituno
El domingo que fui padrino en el bautizo de mi sobrino, me llamó la atención una observación del sacerdote: si uno se bautiza al nacer, dijo, se le perdona el pecado original. Ahora bien, si uno se bautiza digamos a los 40 años, no solo se le perdona el original, sino todos los pecados que ha cometido hasta la fecha. Miré inquisidoramente a mi madre que estaba a la par: ¿Por qué no se le ocurrió bautizarme a los 50? Me hubiera ahorrado infinidad de molestas confesiones (“¿haz dormido, hijo mío, con las manos dentro de la colcha?”), ataques de culpa, ansiedades, miles de padres nuestros por decir palabrotas.
Miré a mi sobrino que babeaba a sus anchas y me pregunté de qué horroroso pecado lo estábamos salvando, qué tenía el pobre que ver con los devaneos amorosos de Adán y Eva, con la afición de esta última a hablar con las serpientes y encima creerles cualquier tontería. De todas maneras, el pobre no se enteraba de nada, lanzó un chillido sin convicción cuando le echaron agua en la mollera, pero por lo general durmió a pierna suelta durante toda la ceremonia.
Por su parte, el obispo se pasó todo el bautismo observándome de manera extraña. Es el tercer niño que le llevo en cuestión de 15 años, pero en el fondo desconfía de la entereza de mis valores cristianos. Sospecha, de seguro, que soy uno de esos librepensadores, relativista y agnóstico, un caso perdido. Tuve una pesadilla hace algunos años, un viejo obispo parecido a él me echaba de un templo. “¡Fuera de aquí, panteísta!”, gritaba a todo pulmón. Fue la época en que intenté entender a Spinoza. Lo que más me divirtió, sin embargo, fue la señora de la plática preparatoria. Se la pasó como dos horas regañando a las amas de casa que no hacían la cocina con amor. Yo ni cocino ni soy ama de casa, pero sus enseñanzas de algo me servirán.
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