Somos esencialmente individuales, pero también relacionales.
Amable Sánchez Torres
En una valoración ética de la prosperidad de los países, los economistas coinciden en que son más prósperos aquellos cuyos habitantes tienen más confianza unos con otros. A esta consideración general subyace la particular de que dicha confianza debe salvarse especialmente en el campo de la contratación; y a esta, otra más particular aún, en el sentido de que la burocracia y la confianza entre los ciudadanos están reñidas. Es decir: cuando hay más confianza entre ellos, se necesita menos intervención del Gobierno, y cuando se necesita menos intervención del Gobierno, se necesita menos burocracia.
El reto mayor del hombre es la convivencia: cada uno de nosotros somos esencialmente individuales, pero también esencialmente relacionales. Vivir en relación no es un lujo ni una pose, sino una necesidad. Pero, al mismo tiempo que nos vemos impelidos, desde nuestro interior, a vivir en relación, nos sentimos frenados, en nuestro exterior, por la desconfianza respecto de aquellos con quienes tenemos que convivir. Y sin confianza es imposible una convivencia pacífica, fructífera y armónica.
Es admirable lo que dice el Artículo 669 del Código de Comercio guatemalteco, en cuanto a las obligaciones y contratos mercantiles: “Las obligaciones y contratos mercantiles se interpretarán, ejecutarán y cumplirán de conformidad con los principios de verdad sabida y buena fe guardada, a manera de conservar y proteger las rectas y honorables intenciones y deseos de los contratantes, sin limitar con interpretación arbitraria sus efectos naturales”. Verdad sabida, buena fe guardada, honorabilidad, rectas intenciones…
Pero es decepcionante un texto como este de Jeremías: “Maldito el hombre que confía en el hombre… ” (Jer 17, 5 y 6). Es verdad que en el mismo se dice que el hombre es maldito si “hace de la carne su apoyo y aleja de Yavé su corazón”. Pero ¿no será esto solo una contradicción con lo dicho, como el “amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mc 12, 31) o “amad a vuestros enemigos” (Mt 5, 44) o “amaos los unos a los otros” (Jn 15, 17) o “bienaventurados los mansos” (Mt 5, 4) frente a “¿pensáis que he venido a traer la paz a la tierra? Os digo que no, sino la disensión” (Lc 12, 51).
Aunque es verdad que el mensaje evangélico solo se puede apreciar con mucho discernimiento y de una manera integradora, ¿cuántas veces la exégesis bíblica no ha sido más que escamoteo de impertinencias y acomodación a intereses nada claros de un determinado proyecto? Si a Dios no hay quien lo entienda, ¿por qué tanto empeño en convencernos de que se le entiende perfectamente?
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