He soñado que camino por ciudades a las que no iré jamás. Pero en sueños he vuelto una y otra vez, al grado de orientarme con precisión por sus calles, reconocer tiendas y nombres de avenidas, e ir a comer con cierta regularidad a restaurantes donde acaso los meseros me recuerdan. En especial una ciudad y un restaurante en donde siempre escojo la misma mesa, con la hermosa vista desde la ventana que da a un parque transitado, moderno y a la vez decadente, a través del cual puedo ver los edificios bien conservados de indiscutible arquitectura europea. Puede ser que se trate de Roma, en donde estuve algunas veces; de Moscú, en aquellos lugares donde sobreviven aún sus viejos edificios prerrevolucionarios, alejados de las masivas torres estalinianas; o de Ginebra, a donde nunca fui. Quizá es todas ellas o ninguna. Pero cada vez que visito esa ciudad me siento como en casa, como si nada me fuera ajeno. Sin embargo, no deja de producirme una cierta inquietud saber que todo eso no es más que un montaje de mi imaginación; una materia fabricada de fragmentos recogidos por la memoria. Peor aún, cuando en lugar de ver un parque desde la ventana de un restaurante conocido, camino por ciudades devastadas por la guerra, la contaminación y la hambruna, como si me hallara en el futuro, o en una de las ciudades muertas que atormentaban a Lovecraft, ese misántropo que escribía acerca de sus sueños. O cuando corro desenfrenadamente, huyendo de temibles criaturas, que logran empujarme hasta el borde de un botadero de basura, donde me espera la oscuridad del abismo. Y entonces, a punto de ser atrapado, me lanzo al vacío y me alejo volando, dejando atrás las sombras que empiezan a cubrirlo todo, las casas que se empequeñecen como si se disolvieran en la tierra y el bosque que empieza a perder su verdor en la luz del atardecer.
Los sueños, que a ratos solo parecen un fugaz paréntesis de la existencia, fueron la referencia más importante de los relatos de Howard Phillips Lovecraft, quien descubrió que sus ciudades soñadas no eran más que proyecciones de estados mentales, bellas visiones que luego se tornarían inquietantes porque “son ciudades para ser vistas, no para ser habitadas”, como señala Juan Antonio Molina Foix en el prólogo al primer volumen de la Narrativa completa de ese alucinado escritor de Providence, Nueva Inglaterra; un ladrillo de más de ochocientas páginas que compré para saber si esa ave nocturna, ese cazador de sueños –como lo llama Molina Foix– logró averiguar algo que yo no haya encontrado en mis viajes nocturnos. Nunca me sentí demasiado atraído por los cuentos de Lovecraft; algunos me parecen elementales y otros francamente aburridos, con una argumentación larga y faltos de ingenio, o innecesariamente truculentos, como El miedo que acecha. También me molesta su patético terror al mestizaje y su racismo simplista, que le hacía ver el mal en la piel oscura y abominar de los inmigrantes, cuyo mejor ejemplo es, quizá, El horror de Red Hook. Su técnica para interesarnos en sus historias no deja de tener algunos elementos mecánicos; unas piezas de utilería y unas cajas con resortes de donde, ya sabemos, terminarán por saltar monstruosas entidades. Pero esa falta de sutileza en algunas de sus historias la compensa con una imaginación intricada y desbordante que le permite escribir historias más interesantes, como Al otro lado de la barrera del sueño, donde plantea el problema del tiempo y la existencia de otra vida, un poco a la manera de cómo los egipcios concebían las etapas de superación del espíritu, siguiendo un proceso de reencarnación continua. La llave de plata me parece uno de sus mejores cuentos y, además, un resumen de su pensamiento filosófico, si tomamos las palabras de Randolph Carter –su álter ego– como las suyas propias. Quizá Lovecraft se había refugiado en los sueños porque había llegado a darse cuenta de “lo superficiales, volubles y carentes de sentido que eran todas las aspiraciones humanas, y de la vacuidad con que nuestros impulsos reales contrastan con los pomposos ideales que manifestamos defender”.
Guatemala, 23 de febrero de 2007 amonterroso@guate.net.gt
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