¿Qué estrategia sigue la Policía para combatir las pandillas? ¿Realmente quieren acabar con el problema? ¿O prefieren mantener las cárceles llenas? El respeto entre barrios es un código silencioso pero siempre inferido.
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Las deportaciones fomentan la cultura pandillera
La estrategia que más ha contribuido al crecimiento de la Mara Salvatrucha y la Mara 18 son las deportaciones. Han acelerado explosivamente la expansión de las maras hacia Guatemala, El Salvador y Honduras. “Las deportaciones ayudan al fortalecimiento de unión entre mareros en los diferentes países”, dice Cruz. “Los gobiernos centroamericanos no tienen una respuesta frente a las necesidades de los deportados. Este vacío lo llenan las pandillas”.
Uno de los miembros más experimentados de la MS en las calles de Los Ángeles es el salvadoreño Martín: “En vez de arreglar el problema tratan de deshacerse de él. No ayudan para que los pandilleros se reintegren a la sociedad. Solo encarcelan y deportan con el fin de librarse de ellos”.
Martín reconoce que la comunicación a través de las fronteras tiene gran importancia para muchos compañeros: “Nos hablamos por teléfono o por la Internet. Si alguien ha sido deportado y no tiene dinero, le mandamos un poco para que medio la pase allá. O coordinamos algo para que regrese”.
Hace dos años nació el hijo de Martín. Esta experiencia le motivó a retirarse de la pandilla, una decisión que en Los Ángeles no constituye un problema. Contrario a los salvatruchas en Guatemala, los de California respetan cuando alguno de sus homies consigue trabajo y trata de no tener conflictos con la ley. Pero aún así, Martín sigue considerándose miembro de la MS. “Tenemos que ayudarnos mutuamente. Las autoridades quieren humillarnos, no nos muestran respeto”.
Se trata de respeto
La palabra “respeto” se escucha mucho entre los pandilleros de Los Ángeles. La mayor provocación que puedan sufrir es que alguien irrespete a su barrio. Los policías tienden a ignorar esta lección. “En lugar de ayudar, molestan constantemente”, critica el sociólogo Aquiles Magaña. “Los paran en la calle y preguntan: ‘¿Qué haces aquí? ¿Por qué estás solo? ¿No tenés novia? ¿Sos maricón? ¿Tenés una pistola? ¿Por qué no tenés pistola? ¿Sos cobarde?’ Los empujan, entran a sus casas, les apuntan con armas, los esposan. Es el drama que viven los jóvenes de los barrios pobres”.
Magaña nació en El Salvador. En las universidades de California logró un doctorado en Planificación Urbana. “Los hijos de los migrantes desarrollan un rencor en contra del sistema. Las pandillas son una expresión de su rebelión”.
Evelyn es hija de padres mexicanos y colombianos. Dice tener 19 años, pero por su cuerpo frágil parece ser una niña. Huyó de su casa cuando tenía 16. Vivía en la calle pidiendo limosna. La pandilla fue su salvación: “Los homies mayores me tomaron bajo sus alas. La mayoría de ellos ya no están. Los tienen de por vida en la cárcel. Hace poco murió un buen amigo mío. Se pierde mucha gente”.
A pesar de su aspecto delicado, Evelyn se expresa como una luchadora ruda, siempre defendiendo su dignidad como persona, como mujer: “Es duro, muy duro. La mayoría de chicas no reciben mucho respeto porque únicamente pelean o tienen sexo con los homies. No se meten por allí, haciendo lo que se tiene que hacer para defender al barrio. Hay muy pocas de nosotras a las que realmente nos tienen respeto”.
Evelyn confiesa estar fascinada con la violencia: “Te fortalece, te hace sobrevivir más tiempo. Se trata de respeto, porque alguna gente no tiene más que eso”.
Los esfuerzos que el estado de California invierte en la rehabilitación de jóvenes como Evelyn son mínimos en comparación a los recursos aplicados en la persecución legal. Brian Truchon explica cómo el FBI opera incluso a nivel internacional: “Invertimos largas horas pasando información detallada a El Salvador sobre individuos que son removidos de EE.UU.”.
A consecuencia de esta cooperación, los jóvenes deportados se encuentran con policías nacionales hostiles poco después de aterrizar en el aeropuerto. “Fuimos recibidos por agentes de Migración guatemalteca”, cuenta Felipe con un español quebrado. Él fue deportado después de haber sido encarcelado en Los Ángeles por posesión de drogas. “Me llevaron a un cuarto para intimidarme. Tenían mucha información sobre mí. Sabían los nombres y algunas direcciones de mis familiares y amigos en Los Ángeles. Cuando finalmente pude salir a la calle, me asaltaron. Tres hombres me quitaron todo lo que tenía, una bolsa con ropa, un poco de dinero, mis documentos y hasta los zapatos que llevaba puestos. Estoy seguro de que fueron los de la migra”.
Desintegración familiar provocada
Casi todos los estudios sobre las pandillas indican que la desintegración familiar es uno de los factores más relevantes en el fortalecimiento de la cultura pandillera. Por eso doña Allegra, una guatemalteca residente en Los Ángeles desde hace 20 años, se preocupa mucho por el futuro de sus nietos. “Mi hijo fue deportado. Él tuvo que dejar a sus tres nenes aquí en California. Ellos preguntan por él. El niño mayor llora mucho”.
Hace dos años, doña Allegra sacó un crédito para poder mudarse al valle de San Bernardino en el norte de Los Ángeles. Su casa es de material económico y prefabricado. En el jardín de enfrente hay figuritas de barro, duendes y animales. “Todos venimos por el sueño americano”, dice doña Allegra. “Queremos darles a nuestros hijos un futuro mejor”.
El ambiente en las colonias de los suburbios de Los Ángeles es muy distinto al ambiente en los barrios del centro, donde doña Allegra vio crecer a sus hijos. El mayor, César, participó en una mara. Le arrestaron y en consecuencia fue deportado a Guatemala. Su madre no se puede imaginar regresar a su país. Las noticias de delincuencia y violencia le provocan pánico. Quiere que su hijo regrese a Estados Unidos, pero con papeles legales, porque regresar mojado constituirá un delito federal para él, y podría resultar en muchos años de prisión. “En este momento miro muy incierto el futuro de mi hijo. Él llora porque no tiene a sus hijos. Quiere verlos. Pero lo más probable es que los patojos van a crecer sin su padre”.
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