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Guatemala, domingo 25 de febrero de 2007

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Actualidad: Edición Dominical

La vida en la rivera del Usumacinta

Migración, exilio, guerra, narcotráfico, tránsito de ilegales, civilizaciones desaparecidas, animales en peligro de extinción, hidroeléctricas fantasma, historias de coyotes y jaguares… y mujeres atrapadas en la cocina. Esta es la vida en las márgenes del río más caudaloso del país.

Lucía Escobar

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En el mapa de Guatemala, La Cooperativa La Técnica Agropecuaria está ubicada en la frontera con México, justo en la esquina donde Petén forma un ángulo perfecto de 45 grados, marcado por el cauce del río Usumacinta.

Los habitantes de ambas orillas del río comparten los beneficios que esta vena acuática les brinda y los sueños de explotarla; la responsabilidad de cuidar y proteger la Sierra Lacandona, reserva ecológica binacional; así como la posibilidad de generar turismo explotando los vestigios que la cultura maya dejó en la selva. Todo esto rodeado de las huellas que deja el flujo de otros ríos constantes: los migrantes y las drogas que viajan hacia Estados Unidos.

La Técnica es una de las 22 comunidades guatemaltecas que viven en la rivera del Usumacinta. Jurídicamente es una cooperativa conformada por 43 comuneros, aunque viven cerca de 450 personas en un radio de 102 caballerías, 52 para manejo forestal y 50 de vocación agrícola. Algunas casas son de madera con techo de palma, otras de block y láminas, muchas mantienen las puertas abiertas y dejan ver lo que hay dentro: hamacas y televisores encendidos. Las aves de corral picotean en las calles y un perro muerto puede pasar días pudriéndose en el camino.

En lo que podría llamarse la plaza central, hay un montículo prehispánico descuidado y sucio. Dicen que han encontrado piezas arqueológicas ahí, pero no parece existir un plan para estudiarlo. En los inmensos árboles, familias de saraguates se disputan la comida con las ardillas.

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La tierra prometida, el éxodo y el regreso

En La Técnica no se puede hablar de un grupo étnico prevaleciente. Sus habitantes son todos físicamente diferentes, ya que llegaron a poblar Petén, a partir de los años sesenta, provenientes del Oriente y la Costa Sur, motivados por el extinto FYDEP, un Fideicomiso para el Desarrollo Económico de Petén y luego por el INTA, Instituto Nacional de Transformación Agraria.

Es el caso de Rodolfo Ramírez Ramírez, conocido como Ocho, toda una autoridad en la comunidad porque es maestro de la escuela y, además, es el único que presume de tener una pequeña biblioteca en su casa. Ocho piensa bien las palabras antes de pronunciarlas y cuando sonríe sus dientes de plata brillan: “Mi familia vino de San Marcos, tengo raíces mam, pero ahora somos castellano hablantes. Querían parcelas, el gobierno dijo que las daba pero si formaban cooperativas, y tras años de lucha, en 1976 entregaron la seguridad jurídica de las tierras”.

Según el estudio Dinámicas Agrarias en Guatemala, entre 1959 y 1987, el FYDEP distribuyó 1.9 millones de hectáreas de tierra, mediante colonias, cooperativas agrícolas y la fundación de nuevas comunidades. Fue también instrumento político para regalar tierras a cierta élite –políticos, militares y empresarios–. Los campesinos solamente podían comprar de 22.5 hasta 90 hectáreas, a cambio de un enganche del 10 por ciento sobre el valor de la tierra, el resto debían pargarlo durante los 20 años siguientes. El patrón de colonización promovido era el desmonte de la selva tropical para la producción ganadera.

“La gente empezó a tramitar la escuela, a buscar asesoría para la ganadería y así iban creciendo… cuando en los ochenta ¡Pum!, comenzó la guerra. La gente salió a refugiarse en México”, cuenta Ocho.

“Estuvimos más de un año huyendo en las montañas, cargando con niños y ancianos. Luego nos dieron el aval para ir a Campeche y Quintana Roo… hasta que en el 91 y 92 empezaron a regresar a Guatemala los primeros”, recuerda don Silverio Antonio Flores, agricultor y vicepresidente de La Técnica en 2006.

“Aquí solo se quedó el que estaba decidido a que lo mataran, hubo situaciones muy crueles, de una vez oscuras”, recuerda en la hamaca de su rancho don Chico, quien nunca se fue. Él Era patrullero civil.

Don Chico y Ocho pertenecen a diferentes generaciones y vivieron la guerra de manera distinta. El primero en el exilio y el otro sin moverse del país, como empleado no remunerado del Ejército. “Ahora lo que nos está uniendo son las represas, nadie quiere perder sus parcelas por las inundaciones, por eso no importa si en la guerra fuimos de bandos contrarios, vamos a velar juntos por nuestra tierra”, agrega don Chico.

Represas, narcotráfico, ilegales e invasiones

Con la Firma de la Paz en Guatemala, también llegaron conceptos nuevos como integración centroamericana, globalización y el Plan Puebla Panamá (PPP), una propuesta que pretende unir Belice, Centroamérica, Panamá y nueve estados del Sur-Sureste de México, por medio de proyectos de desarrollo social y económico. Según un documento de la organización ambiental Trópico Verde, la información sobre el posible desarrollo hidroeléctrico en el río Usumacinta no es clara ni precisa. “En muchos casos, las autoridades se han negado a hacerla pública”, dice el documento.

“Nosotros sabemos que el PPP lo venden como desarrollo, pero no es cierto. El río es vida, pero con represa es muerte, hemos leído muchos estudios y sabemos que se inundarían unas 72 mil 500 hectáreas de tierras indígenas y selvas de territorio mexicano y guatemalteco”, comenta Humercindo Martínez, miembro del Frente Petenero Contra las Represas, mientras me enseña, en un viaje en lancha, el área donde tienen planeado construir el proyecto.

Para muchos, como el pescador Aurelio Ramírez, el río les provee el sustento diario: “En la ciudad hay de todo, pero cuesta billete, en cambio, el río da jaibas, pescado, almejas, se puede cazar y sembrar vegetales y frutales”. Sus compañeros coinciden en que una hidroeléctrica afectaría la vida de esos animales y el hábitat de otros.

Aparte de esta amenaza, la gente de La Técnica también se ve perjudicada por las invasiones y el narcotráfico. Petén es básico para los narcotraficantes por sus vastas áreas tan difíciles de controlar. Un residente que no quiso ser identificado comentó: “Aquí, de noche, el río se convierte en otra cosa. Se escuchan lanchas pasar a toda velocidad, llevan droga, madera, piezas arqueológicas o ilegales”.

“¿Ilegales? ¿Cómo vamos a saber? Si por afuera todos somos iguales, ¿cómo sé yo que usted no es ilegal?”, me cuestiona Armando Varela, un pescador, jornalero y vendedor. Con su inconfundible estilo campesino prosigue: “Aquí, nosotros entendemos por ‘mojado’ al que sale del agua. Y coyotes solo hemos visto los que aúllan en la loma”. Los lancheros que se sientan a jugar cartas mientras esperan un pasajero, ríen de la ingeniosa salida a mis preguntas necias. Son hombres que se jactan de haber sobrevivido al ataque de una barba amarilla, o al susto de encontrarse con un jaguar en la noche. Ellos son quienes más se benefician con el paso constante de viajeros hacia el norte.

A pesar de que en La Técnica no existe la oficina de Migración guatemalteca, este lugar es puerto de salida de 80 a 100 migrantes diarios que, con solo tres minutos de viaje en lancha, llegan a Frontera Corozal, puerto de entrada a México.

Mientras conversaba con los lancheros, dos hondureños que iban hacia Estados Unidos dedicaban unos minutos para ayudar a clavar un gran cartel con el nombre de la comunidad, que podrá leerse desde cualquier lancha que pase por esa parte del Usumacinta. Ambos jóvenes debían esperar un par de días en La Técnica a que sus familiares enviaran dinero para continuar el viaje.

La vida en La Técnica Cooperativa no es fácil. En 2004 sufrieron un incendio que consumió 30 caballerías de vocación forestal y todas las agrícolas. “Ese ha sido el golpe más cruel que hemos tenido en nuestra historia. Nosotros queríamos dejar una parte de bosque virgen para que nuestros nietos pudieran conocer la selva. Pero ahora, algunos comuneros piensan que para qué queremos área forestal si el Gobierno no nos quiere ayudar a protegerlo”, se lamenta Humercindo Martínez.

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Mujeres calladas

Uno de los pocos lugares donde sirven almuerzos y desayunos en La Técnica es un pequeño comedor, mejor conocido como la casa de Don Luvio. Son más de cuatro las mujeres que atienden y ayudan allí. Doña Audelina Ramírez es la matriarca, lleva la batuta en este pequeño negocio: “Lo poquito que mi mamá me enseñó fue lo que aprendí, pero me gustaría poder cocinar lo que come el turista. No he querido ponerle rótulo al comedor, porque casi no se consigue tomate, aceite, aguacate ni carne. Todo hay que traerlo del lado de México”, comenta la madre de nueve hijos.

Otra de las mujeres que ayudan en la cocina, sonríe ampliamente dejando ver el espacio donde debían estar tres dientes. Una hija y una nuera de Audelina dan vueltas por ahí, mitad entretenidas con la telenovela, mitad persiguiendo niños. Ambas terminaron el sexto grado primaria, pero no pudieron continuar sus estudios pues no existe la secundaria en su comunidad y el viaje hacia otro poblado representa un gasto extra y peligro para ellas. Les pido que me cuenten un poco de su vida. Ángela de 17 años y madre de dos hijas contesta: “La vida de la mujer aquí es muy triste porque es solo cocinar”, y la otra joven de 14 años agrega: “Aquí todas somos mudas, el Gobierno no puso voz para que hablen las mujeres”.

En otra casa, cerca del comedor, me detengo a ver unos hermosos tapetes realizados con crochet y lana que sirven de adorno para las paredes de varias casas. Lidia Ramírez, de 21 años, me recibe contenta de poder platicar un poco. Estudió párvulos y hasta tercero primaria, ahora es ama de casa, tiene dos hijos y me confiesa que se cuida para no tener más niños: “Me gustaría aprender un oficio, costura o sastrería, algo que nos ayude. Hemos pedido a instituciones que han venido ofreciendo cosas, pero ahí se queda. Antes íbamos a lavar al río, nos juntábamos el montón de mujeres a nadar y bañarnos. Ahora que ya tenemos agua, cada quién se queda en su casa y ya casi no nos vemos”.

Así transcurre la vida de estos hombres y mujeres que se alimentan y viven en las márgenes del río más caudaloso del país.

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1 comentarios:

  1. Jorge García: (2007-02-25 23:41:14 horas)
    El reportaje debería tener el título Ribera y no Rivera.
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