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    Guatemala, domingo 25 de febrero de 2007

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    PORTADA

    El camino que dejó el ángel del basurero

    Hanley Denning murió cinco días antes de que el documental sobre los guatemaltecos que viven del basurero de la zona 3, y la ayuda que ella les procuró contra viento y marea, fuera nominado para los Premios Oscar. Hoy por la noche, se conocerá si Recycled Life se acreditará la estatuilla. El documental es desde ya un tributo al legado del Ángel del Basurero.

    Su cuerpo fue velado en el “edificio amarillo”, a escasas cuadras del relleno sanitario de la zona 3. Ningún otro lugar habría sido tan adecuado para despedir a Hanley Denning. Fue allí donde empezó todo hace siete años, cuando la rubia de mochila al hombro y español “masticado” llegó en una camioneta desde La Antigua Guatemala, para comenzar lo que se convertiría en Camino Seguro. Y fue desde allí que partió el 18 de enero hacia La Antigua Guatemala, cuando una camioneta sin frenos se le cruzó en el camino.

    Sobre su ataúd de madera oscura, la llegaron a llorar los niños con los que comenzó el programa, ahora adolescentes de bigote ralo y voz ronca, que renegaban de su muerte. Ella era su seño Jenli, la mujer que los sacó del basurero, de vender dulces en la calle y del peligro de las pandillas. Fue la que los inscribió en la escuela, la que les enseñó a bañarse y la que les dijo que los quería. La primera que creyó en ellos.

    Era difícil verla, en ese féretro, quieta y apaciguada, como no la vieron nunca, porque la seño Hanley siempre anduvo acelerada, caminando de un lado a otro, visitando casas, hablando con las madres y buscando patrocinadores. Tenía la energía inagotable de quien quiere hacerlo todo y siente que el día no le basta. Que la vida no le alcanza.

    Hanley Denning vino de Estados Unidos a Guatemala en 1998 para estudiar español. Era maestra y psicóloga, y estaba preparando su segundo máster en trabajo social. Había trabajado con niños VIH positivo en Massachussets y con inmigrantes en Carolina del Norte, pero quería aprender el idioma para poder comunicarse con ellos. No sabía que algo la detendría en su camino de regreso.

    Durante su estadía en La Antigua Guatemala, la joven de 28 años se ofreció como voluntaria en un proyecto social. Allí conoció a Regina Palacios, una monja que la sentenció: “Usted no puede irse de Guatemala sin visitar el basurero de la capital”. Y le insistió tanto, hasta que la convenció.

    “Fue al basurero y regresó muy asustada”, recuerda Fredy Maldonado, un guatemalteco que trabajaba en el proyecto con ella y que ahora es colaborador de Camino Seguro. Hanley conoció las profundidades del relleno sanitario de la zona 3, el suburbio más fétido y marginal del país. Había visto cómo hombres y mujeres buscaban con sus curtidas manos todo cuanto pudiera venderse o reutilizarse: ropa, zapatos, comida y medicinas. Y observó con horror cómo los niños trabajan junto a ellos y en sus ratos libres buscaban chicles y juguetes, y se divertían tirándoles piedras a los zopilotes.

    Corría 1999, cuando el vertedero capitalino no estaba circulado y podía entrar todo el que quisiera. Decenas de familias, en su mayoría inmigrantes de los departamentos, vivían en sus alrededores, en covachas de cartón y plástico de las que brotaban cucarachas y ratas que a menudo mordían a los niños. Una mujer embarazada había sido triturada por un camión de basura y a un recién nacido le volcaron un camión de desperdicios encima. Pero todo eso, que era “normal”, a la joven estadounidense le pareció inconcebible.

    “Allí es donde yo voy a trabajar”, le prometió a Fredy. Hanley volvió en 1999 a Maine, Estados Unidos, su estado natal, y en tres meses vino de regreso con US$3 mil en la bolsa, producto de la venta de su computadora, su automóvil y todo cuanto pudo rematar. Y con una mochila azul colgada en los hombros empezó un proyecto sin nombre ni fondos, al que solo le apostaba ella.

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    ¿Y es una roba niños?

    Hanley llegó al basurero de la zona 3 a finales de 1999, con la idea de desarrollar un programa de reforzamiento educativo. No quería abrir una escuela, de esas ya había varias. Ella quería lograr que los niños ingresaran a la escuela, que ganaran el grado y que dejaran su trabajo en el basurero.

    El cura católico le permitió en la iglesia cercana al basurero, un pequeño local de block y lámina, de lunes a viernes, mientras que Hanley se dio a la tarea de recorrer las calles de la zona 3 en busca de mujeres que tuvieran hijos en edad escolar y que no estuvieran estudiando.

    Claudia Ramos, su marido, Ángel Roque, y sus cinco hijos acababan de llegar al asentamiento La Paz, a orillas del vertedero. Ella era drogadicta y Ángel, asaltante. Habían levantado una galera de plásticos y palos para pasar el día, mientras que Ángel, el niño grande de nueve años, vendía dulces en el Obelisco.

    A esa covacha de plástico cubierta de moscas, Hanley asomó sus grandes ojos azules. “Buenas…”, saludó, sonriéndole a Ángel y a Claudia. Ninguno de los cinco hijos de la pareja estaba en la escuela y ella ofreció pagarles las inscripción, comprarles uniformes y zapatos, a cambio de que fueran por las tardes a la “iglesita” para que ella les reforzara las clases.

    “Para qué le voy a mentir, al principio pensé que era una gringa-roba-niños”, cuenta Claudia. “Pero yo la vi bien y cabal se le notaba que era una gringa buena”, relata Ángel, un hondureño que llegó a tener 53 ingresos a la cárcel.

    Acompañada de Claudia, Hanley visitó a otras mujeres en los asentamientos y el vertedero, pero la joven gringa se encontró con que las madres, aunque quisieran, no podían darle a sus hijos porque las ayudaban a “guajear” (recolectar basura). Sin ellos, las ganancias del día serían menores. Así que llegó a un acuerdo con ellas: por cada hijo que mandaran a la escuela les daría una bolsa de víveres al mes y por cada niño que enviaran a la iglesita les daría otra.

    A principios del año 2000, Hanley tenía 40 niños de 5 a 10 años, que al salir de la escuela se dirigían al templo, en donde ella los recibía con un pan con frijoles, canciones, juegos, reforzamiento de sus clases y algo que muchos de ellos no recibían en sus casas: abrazos. La mayoría de los niños del basurero provenía de hogares disfuncionales, de madres solteras y padres alcohólicos, violentos o drogadictos y carecían de afecto. Fue así como empezó Camino Seguro.

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    Una vida reciclada

    Hanley vivía en un apartamento en La Antigua Guatemala, que convirtió en su oficina. Salía de allí a las 5:00 de la mañana, con la mochila repleta de pan, latas de frijoles y frascos de jalea. Se subía a la camioneta y regresaba al final de la tarde, con la cara de cansada, pero muy sonriente, la recuerda Fredy.

    En La Antigua Guatemala, la joven realizaba la otra mitad del trabajo: buscar en las escuelas de español a voluntarios y donantes. Fue en esa época, cuando Lety Méndez, de 28 años, le pidió trabajo de secretaria y Hanley la contrató de inmediato. “Pero yo quiero trabajar aquí en La Antigua”, le advirtió Lety. “Sí, yo solo quiero que vaya a conocer el proyecto”, le rogó la rubia. Semanas después, Lety estaba preparando panes con frijoles en la iglesita, limpiando bancas y visitando escuelas de español. Hanley la había convencido.

    Fue complicada la incorporación de los niños del basurero a las escuelas. Hanley salía de madrugada de La Antigua Guatemala para llegar a despertarlos, porque no tenían la costumbre de levantarse temprano. Las maestras alegaban que los niños iban a clases con los zapatos enlodados y cundidos de liendres. “Pero vaya a ver en dónde viven…”, les suplicaba la gringa. “No tienen agua y las calles no tienen drenajes”. Para evitarse los regaños, la joven bañaba a los niños una vez por semana en la iglesita, con agua de toneles, y les sacaba los piojos. Era increíble cuántos piojos podían tener, recuerda Lety. Mientras limpiaban a un chico, los bichos se le subían a otro, incluyendo a Hanley. “Si mis niños tienen piojos, yo también voy a tener piojos. Si no me pongo en sus zapatos nunca voy a poder entenderlos. Si no voy a sus casas en donde hay ratas no voy a poder ayudarlos”, contestaba.

    “Y yo le decía: ‘Hanley, usted está loca’”, rememora Lety. “Porque yo en verdad creía que esos niños nunca iban a cambiar. Eran niños que solo aspiraban a ser choferes de camión de basura, y ella me contestaba: ‘Lety, solo hay que creer en ellos, solo eso’”.

    Con sus primeros donantes, la estadounidense contrató cinco maestras, compró una estufa y contrató a Jacqueline Jolón, una madre soltera y desempleada que preparaba las refacciones y los almuerzos.

    Hanley seguía llevando el control de todo. Preparaba los materiales para las maestras y si un niño faltaba a clases ella misma lo iba a buscar a su casa. Allí iba con una inseparable libreta en la mano y la mochila azul sobre la espalda. “Tu hijo va a ser alguien, solo déjalo que estudie”, le insistía a las madres de los pequeños.

    A la joven le sobraba la paciencia, pero la tercera vez que los ladrones le saquearon la iglesita, con portón incluido, se hartó. “Es la última vez que me roban”, le juró a Lety. La delgada gringa que medía 1.75 metros de estatura, se armó de valor y le fue a tocar la puerta a los rateros (según las señas que le dieron los vecinos). “Quiero mis cosas”, se plantó. Tuvo que pagar por cada una de ellas para recuperarlas, pero le quedó el orgullo de que nunca volvieron a robarle.

    En la iglesita llegaron a haber 140 niños en la jornada matutina y vespertina. Era horrible cuando, en invierno, los drenajes de las covachas se filtraban sin clemencia y en verano el calor los sofocaba.

    Para ese tiempo, Hanley ya había difundido el proyecto en Maine, Estados Unidos, a través de sus amigos y de algunos artículos que publicaron los periódicos locales. Los voluntarios también ayudaban a divulgar el programa cuando regresaban a sus ciudades y países.

    “Hanley trabajaba todo el tiempo. Si no estaba en el proyecto, estaba en su apartamento trabajando en la computadora. Estaba delgadísima porque se le olvidaba comer. Hasta que le dijimos: Tiene que cuidarse y dedicarse tiempo”, cuenta Lety. La gringa accedió a cortarse el pelo, a echarse crema, a alquilar una oficina y a comprarse un par de tenis para tirar los agujerados que cargaba. También adoptó un perro de la calle.

    La muchacha estaba lejos de saber el “monstruo” en el que se convertiría su organización, y el alcance que tendría el documental que, durante cuatro años, rodaron en el relleno sanitario los estadounidenses Leslie Iwerks y Mike Glad, basados en la vida de los guatemaltecos que subsistían de la basura y que se titularía Vida Reciclada (Recycled Life).

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    El edificio amarillo

    Rachel Meyn es una californiana que, al enterarse del proyecto de Hanley, planeó colaborar algunos meses como voluntaria. Recientemente cumplió seis años de trabajo. Ella fue otra “víctima” de Hanley.

    Rachel empezó ayudando en Guatemala, pero en 2003 Hanley la envió a Maine, para abrir allí una oficina de Camino Seguro (Safe Passage) que captara fondos y padrinos. “Llegué a dar hasta cuatro presentaciones del proyecto por día, y luego, llegó Hanley a apoyarme”, cuenta la joven. Desde su arribo a Guatemala, era la primera vez que Hanley visitaba Estados Unidos.

    A Michael Denning nunca le costó entender la vocación social de su hija. Ni siquiera cuando Hanley le dijo que vendría a Guatemala intentó detenerla. “Sabíamos que era lo que le daba sentido a su vida, aunque no dejaba de preocuparnos que se fuera a ese país”, comenta en una entrevista telefónica desde Maine.

    Hanley, la mayor de cuatro hermanos –dos de ellos adoptados–, empezó su organización sin apoyo de nadie, ni siquiera el de su familia. Pero poco a poco, los habitantes de Maine conocieron y apoyaron su trabajo (en Maine hay más de mil padrinos) y la consideraron una heroína. Tanto así que, al conocerse la noticia de su muerte, las banderas del pueblo se bajaron a media asta, a su sepelio acudieron más de 400 personas y el próximo 9 de marzo, cuando Hanley habría cumplido 37 años, se hará una celebración con dos mil personas para festejar lo que fue su vida.

    Ya de vuelta en Guatemala, la figura de Hanley se hizo más pública y los donantes eran más numerosos. Para entonces, Camino Seguro ya no estaba en la iglesita, sino en una casa rentada y le urgía un local propio cercano al vertedero.

    Un patrocinador donó el dinero para comprar el terreno y levantar el “edificio amarillo”, una construcción de tres niveles y jardín en el centro, que se inauguró en 2004. Fue la primera vez que vieron a Hanley con vestido y tacones.

    “Ahora tiene que comprarse un carro. No es seguro que esté viniendo desde La Antigua en camioneta”, la instaron sus colaboradores. Extrañamente, Hanley podía deambular hasta entrada la noche en las colonias de la zona 3, pero nunca tuvo el valor de manejar un vehículo en la capital. “Es un tráfico de locos”, decía. Accedió a utilizar un carro con piloto en el año 2005, pero se rehusó a aceptar un salario, con la misma obstinación que rechazaba hablar de su vida personal, que era escasa. Tan solo se le conoció su interés por adoptar dos niños haitianos y casarse con un hombre al que le gustara cocinar y cuidar de ellos.

    La obligaron, en cambio, a despegarse un poco del basurero y a contactar colegios, empresas y fundaciones para captar fondos en Guatemala. “Yo no puedo hablar en público, Lety”, se excusaba, pero una vez empezaba a hablar del proyecto no había quién la parara. “Ella tenía un espíritu empresarial extraño de ver en los trabajadores humanitarios. Me recordaba a empresarios como Bill Gates”, comentó en una ocasión Mike Glad, el productor del documental, a un periódico de Maine.

    “El Ángel del basurero”

    Desde hace poco más de un año, Hanley destinaba dos días a la semana para visitar el proyecto y seguir en contacto con las madres y los chicos. El resto de días trabajaba en La Antigua Guatemala, en donde siempre estuvieron las oficinas de Camino Seguro y siguió haciéndose cargo de todo.

    El jueves 18 de enero vino a la capital para asistir a una reunión con la Municipalidad capitalina. “Tenía que estar en La Antigua a las 6:00 de la tarde y se fue de aquí a las 4:00, para evadir el tráfico”, recuerda Lety, que ahora es la coordinadora de proyectos.

    Hanley salió en una camioneta Blazer conducida por el piloto y dos voluntarios en el sillón trasero. Quince minutos después, Lety recibió el aviso: habían chocado. Una camioneta que venía de Quiché y que había perdido los frenos se estrelló contra el paredón del carril contrario, cerca de la salida de San Cristóbal. Al carro de Hanley no le dio tiempo de detenerse; al carro detrás de ella tampoco. El piloto murió en el lugar y ella en la emergencia del hospital Roosevelt. El chofer de la camioneta se dio a la fuga.

    “Yo siempre supe que ella nos iba a dejar pronto, porque pensé que se iría a Haití a fundar otra organización o a otro país pobre. Pero no pensé que la perderíamos así, tan pronto…”, dice Lety, en el único momento en que habla de Hanley con tristeza.

    Las fotos de la seño Jenli están colocadas por todas las aulas de Camino Seguro y en la guardería que se inauguró la primera semana de febrero y que ella no alcanzó a ver terminada. Su gran anhelo incumplido fue ver a los niños que comenzaron el programa convertidos en profesionales, con un empleo digno y en una buena empresa.

    Pero Luis Batz, uno de aquellos niños que Hanley sacó del basurero para llevarlo a la escuela, tiene 17 años y no está muy lejos de eso. Está por concluir un diplomado en hotelería y un curso en panadería. “Gracias a ella yo aprendí a soñar”, dice. Luis quiere ser arquitecto y abrir un hotel.

    “La seño Jenli no era un ser humano, porque nadie es tan bueno”, dice Ángel Ramos, quien ahora recoge televisores del basurero y los vende ya reparados. Todos sus hijos están estudiando. “Sin la seño yo seguiría siendo drogadicta, mi marido estaría muerto y mis hijos serían mareros”, agrega Claudia.

    Recycled Life fue nominado el 23 de enero para el Premio Oscar en la categoría de corto documental, junto con otras tres producciones. El vídeo de 38 minutos, narrado por el actor Édgar James Olmos, contiene un homenaje al trabajo de Hanley Denning, El Ángel del Basurero que partió a los 36 años, pero en tan solo 7 hizo lo que pocos se habían atrevido a hacer: entrar al repudiado basurero y ofrecerles a los niños una oportunidad distinta a la basura. Enseñarles a sentir orgullo de sí mismos y a soñar con vivir una historia de la vida real.

    Paola Hurtado

    24 febrero 2007

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