Ahora es la Policía. Ayer fue el Ejército. Acechando, siempre, una amenaza. Ayer fue la guerrilla o el comunismo. Ahora es la delincuencia y el crimen organizado. Hay una diferencia notable: antes se peleaba contra ideologías “exóticas” cuyo objetivo era expropiar bienes, fábricas y fincas, sometiendo a la sociedad a una esclavitud insoportable. Ahora la criminalidad hace del acceso a dinero abundante y la corrupción su portentoso lenguaje. Ahí va implícito el código de las mafias y su indeleble “beso de la muerte”.
Pero la condición es la misma: los directores y agentes de seguridad quedan amparados por el inveterado fuero de impunidad que gobierna el sistema. El abordaje del problema es semejante: hay que combatir el delito empleando los mismos recursos de los delincuentes. Y el resultado, muy parecido: ruina de las instituciones responsables de la seguridad, degradación moral y aumento exponencial de la criminalidad traspasando límites inimaginables.
Quienes dirigen los aparatos de seguridad presentan, ordinariamente, este razonamiento: “los juzgadores están corrompidos o las leyes ofrecen tantas ventanas a los delincuentes, que el arduo esfuerzo de investigación y captura se desmorona por un legalismo”. Por tanto, “hay que ir por la vía rápida, que es la que da resultados, que el público aplaude, mientras en el camino vamos depurando la Policía.”
En efecto, aparecen los cadáveres de supuestos delincuentes a la vera del camino, torturados, calcinados. Es la técnica del “mensaje” para que las bandas de delincuentes entiendan que el justiciero les pisa los talones. Diez cadáveres, 20 cadáveres cada día. De vez en cuando hay “accidentes”. Justos pagan por pecadores, pero –explican– ¿en qué operación dolorosa no ocurren “daños colaterales”?
Ahora bien, ¿cuál es el código de ética que compromete a los “justicieros”? ¿Qué garantía existe que mañana no se convertirán en administradores o nuevos dueños de la organización delincuencial desmantelada y sus negocios? Y los responsables políticos, que juraron lealtad a la Constitución y a las leyes, ¿acaso no se volverán rehenes de los subalternos a quienes ordenaron o de quienes toleraron el combate a sangre y fuego contra los delincuentes?
En cada vuelta que da este tornillo sin fin, la sociedad se degrada. Comerciantes honrados acuden a sicarios para disolver la amenaza delincuencial. Humanistas justifican la limpieza social. La frontera entre autoridades y delincuentes es más difusa. La moral –“no matarás”– se relativiza todos los días. Volvemos a la condición preestatal donde cada cual ejecuta sus normas y cada quien confía en una divinidad que no legisla, hace justicia.
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1 comentarios:
Rolando Alecio R.: (2007-02-26 11:01:21 horas)
Tratar de resolver los problemas de inseguridad pública con acciones extrajudicales amparadas en la impunidad es, según el psiquiatra argentino Daniel Kersner, "como patear una pelota hacia adelante y en subida, para que después se nos venga encima". Ese tipo de respuestas causa más daño a la sociedad, en el mediano y largo plazo, que el problema mismo.
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