“Con cédula, sin cédula, la Policía te va a llevar”.
Lucía Escobar
A veces extraño aquellos tiempos en que mi vida no dependía en lo absoluto de los documentos de identificación. A las discotecas entré sin problema desde los 15 y casi nunca tuve el gusto de mostrar la cédula, el documento más arcaico del mundo, una joya kitsch del subdesarrollo, desplegable y todo. Casi siempre mitad emplasticada, mitad desecha por el uso.
Y aunque lo deseo, me pondré triste cuando se modernice (si es que algún día sucede) nuestra folclórica tarjetita de identidad.
Las primeras tres veces que perdí mi billetera con papeles dentro, tuve la increíble buena suerte de que fue encontrada por conocidos míos en lugares inverosímiles y me fueron devueltas casi antes de percatarme de que las había perdido.
Las siguientes veces tuve que hacer todo el trámite de visitar municipalidades, cuerpos policíacos, bancos, oftalmólogos, fotógrafos y la oficina de Maycom para volver a existir en este mundo de identificaciones. Cada vez con la respectiva molestia de tener que explicarle a gente inculta que mi arete en la ceja es parte ya de mi identidad y que no debo ni puedo ni quiero quitármelo para la foto.
¿Cómo si no, me reconocerían en un caso triste pero demasiado frecuente de asesinato en Guate? Porque solo con mi nombre podría pensarse que soy aquella famosa secuestradora de la banda de Valle del Sol, lo que me acuerda los ruegos de mi suegra hace algún tiempo por que aclarara en una columna que yo en realidad no era ella. ¿Ven como se expone una con eso de la identidad? ¿Qué diría mi sicoanalista de esa obsesión mía por perder los documentos que me dan nombre y apellido? Tal vez tararearía aquella rola que sonaba en el desaparecido Gran Comal, cuando bailábamos entre negros, putas y chafas aquello de “con cédula, sin cédula, la Policía te va a llevar”.
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