Si me preguntaran cuál de los dos grandes filósofos griegos, Platón o Aristóteles, considero yo más cercano a la poesía, seguramente me aventuraría a contestar que Platón, a pesar de que Aristóteles es autor de una Poética y de que Platón excluyó a los poetas de su famosa y utópica República. El caso no es tan insólito. Muchos y grandes han sido los poetas que, a lo largo de los siglos, han escrito en árabe, pero en la sura 26 de El Corán, versos 221-227, a los poetas se les asimila prácticamente con los demonios. Dice así:
“¿Tengo que informaros de sobre quién descienden los demonios? / Descienden sobre todo mentiroso y pecador. / Aguzan el oído… Y la mayoría mienten. / En cuanto a los poetas, los siguen los descarriados. / ¿No han visto que van errando por todos los valles / y que dicen lo que no hacen? / No son así los que creen, obran bien, recuerdan mucho a Dios y se defienden después de ser tratados injustamente. ¡Los impíos verán qué suerte les espera!” (Herder, 9a. edición revisada, Barcelona 1986).
¿Será esta la tónica de todo el libro? Parece que no. Hay al final tres suras breves –103: La Tarde (versos 1-3); 97: El Destino (versos 1-5); y 113: El Alba (versos 1-5)– en que el panorama se serena y se ilumina, incluso desde el punto de vista poético. Dice la 103: “¡Por la tarde! / En verdad, el hombre está perdido, / excepto quienes crean, obren bien, se recomienden mutuamente la verdad y se recomienden mutuamente la paciencia”. Dice la 97: “Lo hemos revelado en la noche del Destino. / Y ¿cómo sabrás que es la noche del Destino? / La noche del Destino vale más de mil meses. / Los ángeles y el Espíritu descienden en ella, con el permiso de su Señor, para fijarlo todo. / ¡Es una noche de paz, hasta el rayar del alba!” Y dice la 113: “Di: ‘Me refugio en el Señor del alba / del mal que hacen sus criaturas, / del mal de la oscuridad cuando se extiende, / del mal de las que soplan en los nudos, / del mal del envidioso cuando envidia’”.
¿Qué conclusión podemos sacar de aquí? –Que Dios es el Señor del alba. Que nuestro destino es el alba. Que toda noche acaba en el alba. Que todas las pruebas, penas, dolores, renuncias, incomprensiones, fracasos, asechanzas… serán asumidos y transformados por el alba. Que la muerte no es más que el inicio del alba. Que solo somos peregrinos del alba. Que abriremos los ojos al alba. Que todo es provisional, menos el Alba. Que si la noche es larga, el Alba será eterna. ¡El alba…, siempre El Alba!
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