Han comentado la operación de escuadrones de la muerte.
Amílcar Dávila
Hace unos días, incluso medios informativos profesionales, nacionales y extranjeros, se vieron forzados a exhibir en primera plana síntomas ignominiosamente sangrientos de enfermedades de nuestro Estado y de nuestra sociedad.
El último parte habla de agentes del Estado masacrados por agentes del Estado, o con complicidad de algunos, en uno de los recintos más seguros del Estado. El penúltimo, de extranjeros masacrados por agentes del Estado que estarían para su seguridad y protección especial.
El antepenúltimo, de “bajas quirúrgicas” causadas por agentes del Estado durante acciones de recuperación de un recinto del Estado, pero perdido hacía mucho tiempo (metáfora del estado de la nación en tantos sentidos…).
Otro parte de la misma saga (porque es una saga), data de hace no muchos meses y reporta el asalto por parte de agentes del Estado, con conocimiento y, luego, encubrimiento de otro tipo de agentes del Estado, a decenas de “jóvenes bien” durante una supuesta requisa de drogas. Otro más habla de un campesino muerto y 20 heridos durante un operativo realizado por agentes del Estado en apoyo a la instalación de una empresa en el occidente.
Arbitrariamente, se podría remontar la última saga (porque es una saga de sagas) al primer año de este Gobierno, con el desalojo de campesinos, por parte de agentes del Estado, de una finca ocupada como medida de presión para el esclarecimiento de un crimen. Saldo: 11 muertos, entre campesinos y agentes del Estado.
Naturalmente, estos son solo partes de dominio del público amplio; y no todos, solo algunos de los más noticiosos. Quienes saben y entienden de este estado de cosas han venido comentando la operación de escuadrones de la muerte oficiales encargados de limpieza social.
Quien no está en esos círculos, sabe por lo menos del ocasional retén sin causa específica justificada, que no se sabe nunca con seguridad en qué puede parar; de otros desalojos de campesinos con saldos trágicos, si no mortales; de robos en carreteras; etcétera.
Alguien preguntará qué tienen en común todas estas situaciones, sospechando una comparación inválida entre jocotes y naranjas, e insistiendo en incluir, con razón, el parte de que también muchos agentes del Estado han muerto en el cumplimiento de su legítimo deber…
Lo común es el accionar ilegítimo e ilegal de las fuerzas de nuestro Estado en contra de nuestra propia sociedad o de nuestros huéspedes. Ah, y que todo esto es “parte sin novedad”.
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