No se trata de un juego infantil, sino de la vida real, donde unos pocos nos tienen acorralados.
Méndez Vides
Estudiábamos el primer año prevocacional, según le decíamos entonces, cuando un par de bravucones nos amargaron la vida. La peste obligó al hermano Justino a taparse la nariz, mientras nosotros resistíamos sin hacer mal gesto, negando la hedentina, sentados muy rectos en las seis filas de seis pupitres como si nada estuviera ocurriendo.Yo tenía el estómago revuelto. El cura nos amenazó con expulsarnos a todos si no denunciábamos a los cabecillas. Nadie se atrevió a delatar a los causantes, por cobardía, porque uno era el más alto de la clase, con cara de mosquita muerta y tres pelos creciéndole en la barbilla, y el otro era un deportista macizo, que ya sabía lo que significaba embriagarse y practicaba boxeo con los más débiles. Ellos dos urdieron el plan, llevaron una pequeña tapadera con jugo de limón y le agregaron una cápsula de añil. Escondieron la tapa y nos amenazaron, porque quien los delatara recibiría una camorra inolvidable. El montón nos aceptamos débiles y enanos, y aguantamos la pestilencia que incrementó poco a poco, dispuestos a que nos expulsaran del colegio antes que defendernos. Luego de varios minutos un alumno vomitó, y fue llevado a la enfermería. El resto fuimos saliendo de uno en uno, llevados a un apartado para obligarnos a confesar, y luego del desfile el hermano Justino expulsó al deportista estrella, que gozaba de una beca por su destreza. Años más tarde me lo encontré en una situación tan cruel que hasta sentí lástima. Él se labró su suerte. Terminado el incidente, nos dedicamos a averiguar quién había sido el delator. Un día lo supimos por boca del cómplice, el más flaco y alto de la clase que parecía tranca, cuando se jactó de su listura porque él sí sabía defenderse.
Fue mi primera lección sobre lo que significa vivir en Guatemala, donde somos parte de un colectivo pacífico y amable sin coraje defensivo, como ovejas pastoreadas y aterrorizadas por una pequeña manada de lobos. Lo sucedido recientemente con los diputados salvadoreños y en El Boquerón, es una lección clara de la misma experiencia en el mundo real. Los guatemaltecos somos trabajadores, luchadores y no hacemos mal a nadie, pero vivimos aterrorizados por unos pocos sujetos podridos que nos tienen sitiados y sin garantías. Y el mal está dentro de casa, escondido en nuestro propio sistema de seguridad. Debió ser inmensa la desolación de nuestras autoridades, asumiendo que trabajen con buenas intenciones, al enterarse de que han perdido su tiempo haciendo planes para desbaratar al crimen organizado, dando confianza a policías condecorados que resultaron matones de la peor ralea, sujetos prescindibles que fueron sacrificados con total impunidad para que no revelaran la podredumbre de su red. Pero en este caso no se trata de un juego infantil, sino de la vida real, donde unos pocos nos tienen acorralados a la mayoría como ovejas.
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2 comentarios:
edgar perez: (2007-03-01 20:16:39 horas)
Sr. Mendez Gracias por escribir este artículo, me hace reflexionar sobre varios pensamientos que me acompañan precisamente desde los primeros años de mi vida.
Confieso que actuo muchas veces, no siempre, como una de esas ovejas que menciona. Durante la guerra por ejemplo, viví indirectamente los sufrimientos de la gente inocente que moría de forma tan cobarde y despiadada a manos de la otra que tenía el poder de la violencia y la ventaja desproporcionada del sistema. Pense seriamente en tomar partido y luchar por esas injusticias. Faltó muy poco para convencerme. Quizá afortunadamente o quizá porque no termine de vencer mi cobardía, el fín de la matanza llegó primero.
Ahora pienso que me salve de morir en vano.
Todos esos sacrificios tambien fueron en vano. Los señores que pensaban y escribían las ideas, los que tomaron el liderazgo por los que gran cantidad de gente creyente o simplemente inocente perdió todo,traicionaron todas esas muertes. Se pasaron al bando de los lobos.
Demasiada gente murió y no se logró absolutamente nada. Los sobrevivientes, con pocas excepciones estan peor que antes.
Yo sigo viviendo, pero experimento cierta culpabilidad, por supuesto que no puedo sentirse tranquilo, mucho menos felíz en estas circunstancias.
Sigo siendo del colectivo de ovejas pero mas que pacíficas y amables, profundamente enfermas de la sociedad Guatemalteca.
Cuando tenga la oportunidad uno de esos lobos va a dejar de serlo. Pero solo sera uno menos...
edgar perez
Antonia Romero: (2007-03-01 10:24:32 horas)
Estimado señor Méndez Vides:
La anécdota de su experiencia es, salvando las distancias, la misma que han vivido durante generaciones los sectores oprimidos de la población; pero con la diferencia de que a miles y miles de ellos les costó algo más que una regañina.
¡Ah! Una pregunta:
¿Conoce usted o tiene referencias de algún lugar de Centro América dónde no ocurra eso mismo?
Atte. Antonia Romero
2 comentarios: