El documental que le causara a la esposa del embajador de Guatemala en España, una doble vergüenza (elPeriódico, 24 de febrero), fue hecho por un fotógrafo extranjero, es cierto, pero las voces que se escuchan y que hicieron sentir a la diplomática, vergüenza e indignación al oír hablar de su país en esos términos, no son voces extranjeras. El documental nace desde las personas que expresan su testimonio, de la necesidad de contar, de desahogarse, de demandar justicia y decir: no vengan a decirme que son mentiras. La voz de los sobrevivientes no es francesa, española o gringa; es la que lucha porque lo que les hicieron no se repita. ¿Quién está en lo correcto?, el que nacido en otro país retrata la verdad que brota de la historia del que sufrió, o los nacionales, unos, colmados de racismo, ambición y maldad que financiaron, asesinaron a sus mismos compatriotas y justifican sus acciones; otros, sus más fieles seguidores, a quienes les ofende que se recuerde el dolor y se desentierre a los muertos, y luego, a sus víctimas, las obligan a callar y les piden que, en nombre de la “paz” le den la espalda a su historia. Ocultando la verdad solo abrimos el camino, para que en una generación más, la historia infame se repita.
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