Mentiras, verdades y ninguneos se contorsionan, en crisis.
Carol Zardetto*
Las noticias recientes sobre el asesinato de los parlamentarios salvadoreños, así como el de los policías detenidos por su perpetración han echado un balde de mentiras y verdades sobre nuestras cabezas.
No podemos permitir que mentiras y verdades se amalgamen y nos causen confusión. Las verdades están claras: la Policía Nacional Civil cuenta dentro de sus cuadros, aun en posiciones en extremo sensitivas, con personas dedicadas a cometer crímenes del más alto calibre; lo hacen con tal confianza de impunidad que no les importa utilizar un vehículo oficial dotado de un GPS y, finalmente, el Estado de Guatemala, dirige o permite, acciones orquestadas que violan abiertamente el derecho a la vida, la ley y el Estado de derecho.
También es fundamental considerar las mentiras: el asesinato de los policías en el presidio fue un acto de venganza perpetrado por los mareros, el último policía capturado se entregó debido a la invencible confianza que tiene en esa institución, etcétera. Para terminar están los actos de ninguneo, encabezados por la iniciativa del presidente Berger de viajar a El Salvador para promover el turismo. Mentiras, verdades y ninguneos se contorsionan, en crisis.
En cuanto a la verdad, debemos aferrarnos a ella como un camino que se abre en medio de la oscuridad. Sin embargo, no podemos caer en la terrible trampa que ya se avizora: pensar que el mal que nos aqueja está centralizado en la Policía Nacional Civil, o en la gestión del ministro Vielmann.
Recientemente, el Organismo Judicial nos reveló cifras igual de espeluznantes que los recientes acontecimientos: su incapacidad para administrar justicia en 95 por ciento de los casos penales y en 80 por ciento de otras jurisdicciones; 77 por ciento de las quejas por corrupción no son admitidas para su trámite por los órganos de control; ningún juez ha sido perseguido criminalmente por actos de corrupción. Recordemos también que la depuración de la PNC ha sido detenida por la confabulación de los cuadros criminales con jueces de trabajo, y los penales han contribuido a evasiones de reos, o a la organización de redes criminales en las prisiones. Aun si a esta espesa sopa añadiéramos lo que acontece en el seno del Ministerio Público y del Penitenciario, tendríamos un panorama de la corrupción y de la penetración del crimen organizado en el sector justicia solamente.
Atrevámonos más: no existen sistemas de poder corruptos sin el respaldo y sostén de sociedades corruptas. Las estructuras de poder en Guatemala reflejan, como un espejo, la estructura social. La imagen del espejo es espantosa, pero no perdamos la oportunidad de mirarnos desnudos, completamente.
*Abogada y escritora, Premio Mario Monteforte Toledo 2004.
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