Opinión:Vidas robadasEl capitán tiene el control total de la vida de los otros. Por: Carlos Alberto Montaner*
Casi nadie lo esperaba. La víspera de la noche de los Oscar, un joven cineasta alemán de dos metros de estatura y nombre adecuado a su tamaño, Florián Henckel von Donnersmarck, se paseó por varias cadenas de televisión de Estados Unidos sin apenas lograr despertar interés por su película La vida de los otros, nominada para el galardón al mejor filme extranjero.
Contra todo pronóstico, lo ganó. Los académicos que comparan los méritos de las grandes películas del año se dieron cuenta de que estaban ante una perfecta obra de arte. La historia era humanamente importante, estaba admirablemente bien narrada y contaba con un elemento de suspense que mantenía al espectador al borde de la silla. Parecía imposible que esta fuera la ópera prima de un director de apenas 33 años. La vida de los otros es una trágica historia de amor, traiciones y atropellos cometidos por el Gobierno de la Alemania comunista contra ciudadanos indefensos pocos años antes del derribo del Muro de Berlín. La Stasi, la eficiente e implacable Policía política, vigila a un escritor y a su mujer, una actriz chantajeada que clandestinamente mantiene relaciones con el cínico e inescrupuloso Ministro de Cultura. La Stasi, por indicación de este funcionario, busca prueba de los vínculos del escritor con la disidencia para destruirlo y quitarlo del medio y le llena la vivienda de micrófonos y cámaras ocultas. Desde las conversaciones hasta los encuentros amorosos de la pareja son minuciosamente captados por los espías. Finalmente, la mujer –quien luego se suicidará desesperada– proporciona las pruebas, pero mientras se desenvuelve esta tragedia, el jefe de la operación, el capitán Weisler, sufre una profunda transformación emocional: se da cuenta de la infamia terrible que lleva a cabo y de la naturaleza bárbara del totalitarismo comunista. Uno de los grandes aciertos de La vida de los otros es el punto de vista desde el que se narra la historia. La vemos desde la pupila del policía que secretamente escucha y filma a los disidentes. Él, como Dios, aunque es invisible, todo lo ve y todo lo oye. Es el dueño total de la intimidad de los ciudadanos a los que espía y acosa. Aprisiona en sus manos todos los hilos de la trama. Tiene el control total de la vida de los otros, esas criaturas temblorosas a las que puede aplastar para siempre con un informe de tres líneas. Horrorizado de su propio poder, asqueado de su papel de verdugo, el capitán Weisler, sin que nadie lo sepa, se coloca junto a sus víctimas. Más allá de la anécdota, esta película resume a la perfección el horror y la irracionalidad del totalitarismo. Son regímenes en los que todo el poder –incluso el de decidir quién vive o muere– descansa en las manos de la Policía política, un siniestro organismo que tiene dos objetivos fundamentales: ocultar la verdad y uniformar el lenguaje de la sociedad, orquestando sus aplausos y rechazos, hasta transformar a las personas en un coro obediente y dócil en el que los individuos y las familias prosperan o se hunden de acuerdo con la fidelidad con que sean capaces de repetir las consignas y los dogmas de la secta. Agregar comentario: |
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