Salir de la fiebre con la boca amarga y la cabeza poblada de presencias confusas.
Luis Aceituno
A mediados de los años setenta, tuve mi primera cita con el coronel Aureliano Buendía y su estirpe.
Dos días con sus noches de los que salí como se sale de los delirios de alguna fiebre extraña. La boca amarga y la cabeza poblada de presencias confusas.
Un siglo de soledad abruma, sobre todo si se atraviesa acompañado de alguien que peleó 32 guerras y las perdió todas. Al final, mierda, sangre, abandono, como siempre. Yo tenía 15 años y no comprendía aún lo que es el fracaso. Lo comprendí cuando Aureliano Buendía muere abrazado a un castaño, luego de realizar la micción más triste, conmovedora y poética de toda la historia de la literatura.
Hoy, Gabriel García Márquez cumple 80 años y debería agradecerle muchas de las vivencias más intensas de mi adolescencia. Bofetadas existenciales, frases, sensaciones, imágenes que se me quedaron para siempre revoloteando en la memoria.
Parece que no es literariamente correcto celebrar a un hombre ungido por la gloria. A un lugar común para las participantes de los concursos de belleza (“¿Me puedes decir cuál es tu escritor preferido?”). Lo más indicado, entonces, sería aborrecerlo. Muchos lo han intentado en todos estos años, con un rencor demasiado cercano a la papanatería posmoderna (“Macondo no me dice nada.
Soy hijo de los malls y de las ventas de hamburguesas”)
Cien años de soledad permanece, sin embargo, y cada vez que quiero escapar de un mundo demasiado plano y gris para mi gusto, vuelvo a alguna de sus páginas. Un baño de desasosiego ante lo complicado que puede ser la belleza.
Aureliano Buendía me espera siempre a la vuelta de cualquier insomnio. “32 guerras perdidas –me dice-, y Macondo parece que ya no existe”. Fumamos en silencio hasta al amanecer, revisitando fantasmas, esperando que termine la tormenta.
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